En el Evangelio de Mateo, tras una discusión de los apóstoles sobre problemas de jerarquía, en la que le preguntan al maestro quién será el “mayor” en el Reino de los Cielos, Jesús desbarata sus ambiciones llamando a un niño y diciéndoles que si no cambian de mentalidad y no se hacen como él, “no entrarán en el nuevo Reino”. Luego se identifica él mismo con los niños: “Quién recibe a un niño como ese en mi nombre, a mí me recibe”. Y a continuación pronuncia la gran sentencia: “Pero al que escandalice a uno de estos pequeños, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar”. Jesús continúa diciendo que en el mundo siempre habrá escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene! Según Jesús, quien comete un atropello contra un niño no merece seguir viviendo. La Iglesia Católica no piensa lo mismo, como lo demuestra el último escándalo de pederastia continuada durante más de setenta años, contra miles de niños, cometido por más de trescientos sacerdotes, esta vez en Pensilvania. En estos días ha quedado claro que la institución eclesiástica, ajena al inmenso dolor producido a las víctimas inocentes, piensa que Jesús estaba equivocado. La política de encubrimiento de la Iglesia ha quedado patente ocultando todas y cada una de estas brutales agresiones, de manera que esta permisividad estructural junto a la falta de castigo, el chantaje a las víctimas y la negativa a colaborar con la justicia convertían este delito atroz en una práctica legitimada. Sería imposible enumerar todos los abusos que esconden estos hombres al amparo de la buena fe. Solo en Australia, 4.500 personas denunciaron abusos sexuales entre 1980 y 2015, y en total, unas 1.880 religiosos fueron identificados como presuntos perpetradores de abusos. País por país, entidad por entidad y localidad por localidad, estas historias suman cientos de miles de víctimas. Estados Unidos es uno de los países en donde ha habido mayor cobertura internacional. Algunas diócesis han tenido que pagar cuantiosas sumas en indemnizaciones a las víctimas. Según un estudio de la Junta Nacional de Revisión, 4.392 sacerdotes fueron acusados del abuso sexual de 10.667 menores entre 1950 y 2002, y muchos de ellos no fueron investigados porque los sacerdotes ya habían fallecido. Baltimore es un ejemplo. Hace 50 años se perpetró un crimen a causa de los abusos sexuales de un capellán que Netflix saca a la luz en el documental de siete capítulos: ¿Quién mató a la Hermana Cathy? Y hace apenas un par de meses, en un acto inédito, el papa Francisco forzó la dimisión de 34 obispos chilenos para depurar responsabilidades por los casos de abusos sexuales del clero en las últimas décadas. No estamos ante casos sueltos que afectan excepcionalmente a algunos miembros de la iglesia católica, sino que se trata de un abuso sistemático que alcanza a cardenales, obispos, sacerdotes, miembros de la Curia romana, de congregaciones religiosas, de educadores en seminarios, noviciados y colegios religiosos. Y no lo digo yo, el propio papa Francisco habla de que ‘la gravedad de la situación requiere profundizar mucho más’, ‘Los problemas que hoy se viven dentro de la comunidad eclesial no se solucionan solamente abordando los casos concretos y reduciéndolos a remoción de personas; esto -y lo digo claramente- hay que hacerlo, pero no es suficiente, hay que ir más allá’, y continua diciendo que ‘algo no funciona en todo el cuerpo eclesial’ y que sería irresponsable no ahondar en buscar las raíces y las estructuras que permitieron que estos acontecimientos concretos se sucedieran y perpetuasen. Hace unos años, en uno de esos intercambios de verano para mejorar el inglés, mi hija, con entonces catorce años, me llamó desde una iglesia católica de la América profunda porque su ‘familia’ la habían dejado sola con un sacerdote en la sacristía. Cuando noté su voz nerviosa a miles de kilómetros, me hizo gracia e intenté tranquilizarla porque yo he sido educada en colegios de curas y monjas maravillosos. Sin embargo, cuando colgué, empecé a dudar.