Dicen las informaciones periodísticas que el actual presidente del Gobierno hace poco cogió un avión oficial para uso privado suyo. Si esa es la realidad, ¡qué mal! qué mal ejemplo, qué mal antecedente, qué mal proceder. Si eso es así, por muy presidente que sea, podríamos estar ante un presunto delito de malversación de bienes públicos; aunque cierto es que hay que dar la oportunidad de justificarse. Pero, aquí está también esa otra parte reprochable de este tipo de comportamientos, si finalmente el hecho es cierto, el daño moral sobre la ciudadanía en general y sobre cada uno de nosotros en particular; ese ambiente que se genera si no se responde por los actos ilícitos, y, lo peor, ese ejemplo que se da del todo vale, sobre todo a los jóvenes, de que la vergüenza es cosa del pasado, de que no hay ya ni esa ética de la que se les ha llenado la boca a tantos. Un presidente ha de ser un hombre ejemplar en todo, y honesto, que honesto quiere decir verdadero, sin doblez, y básicamente que respete la justicia legal y, si no, que dimita y se le enjuicie, sea del color político que sea. En el Gobierno se necesita la presencia de personas buenas, que con estar preparados y ser honestos, basta.