Cuando llega febrero, me vienen a la memoria esos magníficos carnavales que se vivieron en Jaén a mediados de la década de los 80. Jaén entera en la calle para participar de ese jolgorio que tenía como centro neurálgico el parque de la Victoria. El pasacalles impresionante con más de 80 grupos, los disfraces inundaban Jaén y el pueblo en pleno gozaba en la calle de estas fiestas. En el año 90, se le ocurrió la feliz idea a un concejal iluminado de sacarlos del centro y llevárselos a una carpa al lado de la plaza de toros; desde entonces nunca más volvió a vivirse esta fiesta de esa forma tan alegre, participativa y bulliciosa. Los carnavales los he vivido desde todos los puntos de vista; desde estar en la calle y escenarios con mi Peña del Cigarrón, ser pregonero en el año 2013, hasta presidente del jurado el pasado año. Disfrutando el pasado sábado del espectáculo tan apoteósico y jaenero como fue “Apache sinfónico” y viendo dirigir magistralmente al Cigarrón Rogelio Rojas a la “Joven orquesta de sur de España”, pensé la cantidad de horas de trabajo que llevaba detrás aquello que allí escuchamos. Cada una de las canciones ha tenido que adaptarlas para orquesta, es decir, hacer 19 partituras distintas para cada una de las familias de instrumentos y para cada obra, sin encontrar nada escrito anteriormente, solo con su intuición y conocimientos de armonía. Me vinieron a la memoria aquellos años en los que tuve el privilegio de pasar muchas tardes montando el repertorio de la Peña del Cigarrón con este maestro de la composición. Trabajador incansable que no se detenía hasta que el último acento ortográfico no coincidía con el último acento musical, podíamos estar tres horas dándole vueltas a la misma frase. Yo que soy más fullero, trataba de convencerlo diciéndole: Roge, déjalo ya, si en mi barrio se dice bárbero y no barbero, si la etimología de esa palabra viene de los bárbaros y esos señores eran muy bestias y no sabían lo que decían. Pero nada, no había forma, agachaba la cabeza y hasta que no lo cuadraba exacto no paraba. Aparte de componer y de dejarme destrozado el antebrazo con los acordes imposibles para guitarra que pretendía que me aprendiera, y hacerme estudiar armonía por el puro hecho de entender la música, fue quien descubrió en la agrupación la voz que tenía mi hermano Miguel Ángel Ruiz, el reconocido tenor que intervino en la gala. Rogelio fue quien le empujó y preparó para que se presentase a las pruebas del conservatorio. En el escenario del teatro hubo un momento en que se juntaron a saludar Luismi, Rogelio y Miguel Ángel. Yo veía a dos Cigarrones junto a mi amigo Luismi que también participó en algún Carnaval con otro grupo, y del que como dato curioso tengo que contar que fue quien hace 50 años me acompañó al hospital a que conociera a mi nuevo hermanito Miguel Ángel que tenía dos horas de vida; se quedó mirando muy fijo al ver una cosa tan chica y tan arrugada dijo: “Joé, que feo es este niño”. Luismi no se acuerda pero a mi madre no se le olvida. Llegando estas fechas, releo alguna de las letrillas que escribí hace casi veinte años, y que por desgracia, parecen totalmente actuales. Me duele verte morir,/ poco a poco y día a día,/ por la dejadez de muchos/y por la gran cobardía/ de anteponer el dinero/ a tu historia, que es la mía. // Me duele verte morir,/ recorrerte por tus calles/ y sentir que va acabando/ una historia centenaria,/ en favor de “un tal progreso”/ que ahora arrambla con tu alma.//Me duele verte morir,/¿cómo están tus añejos barrios?/ ¿y tu comercio de antaño?/ Casa Antón, Furnieles, Almansa,/ parece que no descansan/ hasta acabar con lo nuestro.//Me duele verte morir,/¿qué te han hecho Jabalcuz?,/ termas de niñez risueña,/ bosque frondoso con peñas/ que derramaba agua y luz/ y hoy erial de piedra y leña.// Mientras destruyen lo nuestro;/ yo cantando en carnaval,/ tu puntuando un disfraz,/ y el Jaén rancio y añejo/ sórdido tocando a muerto,/ y aquí todos “tan feliz”.