En Jaén, el refrán de “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”, nos lleva de cabeza a las fiestas de la que es nuestra patrona desde el siglo XVI, la Virgen de la Capilla. Durante esos días, el barrio de San Ildefonso celebra sus fiestas, que giran en torno a su iglesia, declarada recientemente Basílica Menor por el Papa Benedicto XVI. El origen de este barrio de labradores que se situaba en el perímetro de la segunda muralla, data del año 1248. La Catedral tenía la obligación de tener un cementerio, y al encontrase empotrada en la muralla y no tener espacio físico para el mismo, decidieron sacarlo un poco más abajo, formándose el barrio al abrigo de la nueva iglesia de la que se dotó al cementerio. Dos siglos después, el 11 de junio de 1430, es cuando sucede el descenso de la Virgen, teniendo recogidos nombres y datos sobre la Celestial comitiva, el notario del reino Juan Rodríguez. Hay quien dice, que pudo ser un montaje para insuflarles ánimos a los vecinos del barrio que se encontraban desprotegidos contra las continuas escaramuzas de los moros, que les robaban y destruían sus cosechas, y que a partir de este hecho, se hicieron fuertes en torno a la figura de la Virgen, repeliendo a los invasores en sus posteriores incursiones.

Existen infinidad de historias alrededor de la basílica, como la del ladrón que robó las joyas de la Virgen. Cuentan que una noche entró y robó las lámparas de plata que alumbraban a la señora. A día siguiente, el pueblo salió en su persecución, siendo detenido a la altura de los Villares. Fue juzgado, aplicándosele la máxima pena por haberse producido el robo en lugar sagrado. Ejecutado en la horca, sus restos no fueron expuestos en el lugar establecido que era “el legío Belén” (Ejido de Belén), sino colgados de la cubierta de la propia iglesia, para que sirviese de escarmiento. Los vecinos se quejaron de tener que contemplar tan macabra estampa, siendo sustituidos sus restos por una calavera de piedra, que se puede contemplar desde la plaza, justo encima del contrafuerte de la derecha de la portada renacentista. En la mañana del día 11, se realiza la ofrenda floral a la patrona, formándose largas colas de Jaeneros ataviados en muchos casos con los trajes de típicos de Pastiras y Chirris.

Posteriormente se celebra la misa de cabildos y la popular procesión. De unos años a esta parte, en el encierro del desfile se producen unos momentos muy emotivos y es cuando el pueblo, acompañado por la banda municipal interpreta el Himno, primitivamente llamado “Canto a Jaén”, compuesto por Emilio Cebrián con letra de Federico Mendizábal el 6 de octubre de 1932. Esta obra se compuso para ser interpretada en la Feria de San Lucas, en un apartado del programa de festejos que se denominaba “Fiesta de la belleza” en honor a la mujer de Jaén.

El canto era una oda a la belleza de la mujer jaenera y de los paisajes que nos rodean, en definitiva un Canto a Jaén. La banda municipal lo estrenó el día 19 de octubre en el teatro Cervantes, teniendo un gran impacto, ofreciendo la partitura al Ayuntamiento y quedando oficialmente aceptada como himno a Jaén en sesión de la Corporación Municipal el 31 de mayo de 1935. Dentro de la basílica se encuentran los restos del ilustre vecino del barrio Andrés de Vandelvira, que pidió ser enterrado en la capilla de San Elifonso con el hábito de su hermandad de la Vera Cruz.

Desde aquí lanzo una propuesta a Javier Marín, organizador del Festival de música antigua Úbeda y Baeza, para que dentro del apartado “Ciclo Vandelvira”, haga un guiño al enterramiento del quien da nombre al ciclo y organice uno de los conciertos en la basílica, para ver si entre todos somos capaces de dotar a Jaén de más puntos de interés turístico. No quiero cerrar el artículo sin recordar que el 11 de junio de 1930, se coronó canónicamente a la Virgen de la Capilla, viniendo al mundo en ese preciso instante en el corazón del barrio, otro ilustre paisano; Antonio García Delgado, mi suegro para más señas.