Llama la atención la facilidad con la que cuanto nos rodea (paisajes, personas, acontecimientos) se vuelve duro y pétreo, deja de hablarnos y enmudece. Quizá lo acertado sería decir lo inverso, señalar la facilidad con la que nosotros nos volvemos sordos al mundo, de espaldas a él, al que de modo automático sustituimos por una cadena de tópicos con que, a la vez, lo apresamos. Nos movemos entonces como si paseáramos por un mapa en vez de hacerlo por un territorio. Sospecho que esa sordera es inevitable, que es imposible vivir continuamente tocando la profundidad de las cosas. Pero si no podemos habitar siempre en el fondo de lo que nos rodea, tampoco nos satisface quedarnos sin más entre sus corazas. Una voz interior nos zarandea quejándose de sed. Y hay así momentos en los que nos detenemos y abrimos las puertas de objetos, personas o hechos y entramos en su interior con el asombro que siempre la realidad nos produce cuando sabemos mirarla. Ese asombro que es según Aristóteles el origen del pensamiento.

Coincidimos con alguien en el ascensor y, queriendo hablar y sin saber de qué, recurrimos al tiempo. El de estas semanas nos echa una mano, porque parece menos convencional y disimula el carácter mostrenco de la conversación. Pero imaginemos que, por extraño e improbable azar, queramos justo en esa situación romper el cascarón del mundo y asombrarnos de lo que contiene. Supongamos, por ejemplo, que, al hilo de la tópica conversación, nuestro interlocutor pronuncia la palabra “nube” y nuestros ojos, los suyos y los nuestros, brillan despertados por un puñado de sugerencias. Varios caminos se abren entonces ante nuestros pies. Siguiendo uno de ellos hablaremos de lo efímero, de lo pasajero. Uno citará los versos de Amado Nervo: “que el hombre pasa como las naves,/como las nubes, como las sombras”. El otro sacará su inevitable as, recurriendo a Jorge Manrique, “¿Qué se hicieron las damas,/sus tocados, sus vestidos,/sus olores?”, y entre ambos buscaremos el sentido del paso del tiempo. Pero podemos echar el pie en el camino que hay junto a este y decir que la nube ha simbolizado la apariencia vana. Inevitable recurrir entonces al mito de Néfele. Zeus había perdonado a Ixión una traición cometida y lo había sentado a su mesa. Ixión, reincidente, pretendió traicionar al mismísimo Zeus acostándose con su mujer, Hera. Borracho, no se dio cuenta de que yacía con Néfele, una nube a la que Zeus había dado la forma de su esposa. Desde entonces, sufre uno de los castigos más famosos de la mitología griega: recorre el firmamento atado a una rueda ardiente. Chamfort alude a este castigo en una comparación que yo no he parado de recordar durante la crisis: El ambicioso que ha perdido su objeto y vive desesperado, me recuerda a Ixión en la rueda por haber abrazado una nube.

Pero hay más caminos. También la nube ha significado divina bendición. El pueblo bíblico, al habitar una región semidesértica, asocia la nube al agua y a la sombra, es decir, a la fecundidad y a la protección. Asimismo, podía ser la señal visible de Dios. Un recorrido, como puede verse, opimo y prometedor.

Alguien que en ese momento se subiera en el ascensor podría pensar que estamos en las nubes. Quizá nos escogería como personajes de una versión contemporánea de “Las nubes” de Aristófanes, la comedia donde se ridiculiza a Sócrates. Entonces iniciaríamos los tres un debate sobre la relevancia que el pensamiento y las ideas tienen en la que suele llamarse vida real. ¿Fecundan las nubes de la teoría la tierra de la práctica o son el refugio de los que no saben vivir?

Pero nadie ha subido. Y, de pronto, nuestro interlocutor dice, escogiendo otro camino: ¿Te has fijado en los términos tan antiguos que usamos para nuestro invento más actual, internet? Como los fenicios o los griegos, “navegamos” por su proceloso espacio, consistente en una “red” como la inventada por Aracne, a quien Minerva convirtió en araña. ¿Y dónde guardamos nuestra información? En efecto, respondemos pensativos: en la nube.