Los ponen en libertad bajo una fianza de 6.000 euros, les lavan la imagen y vuelven a su vida queriendo hacernos ver que para ellos también ha sido una pesadilla. Y no cuela, no cuela. Ya sabemos cuánto cuesta en España que violen, bueno, según la justicia española fue abuso, a una mujer entre cinco, sí, cinco, la vejen, la graben en vídeo, la abandonen, le roben el móvil después y distribuyan las imágenes de su hazaña en diversos grupos de WhatsApp en el que otros, de su misma especie, los llaman “dioses”. Y que además sean reincidentes. Nos queda claro que en este país la justicia pierde aire por todas las costuras, protegen al delincuente y juzgan a la víctima. Da que pensar. También nos queda claro que da igual lo que hagamos, lo que digamos, cómo nos defendamos, porque si no te resistes y no te matan, no habrá forma de demostrar que en algún momento dijiste que no. Seguiremos volviendo a casa con miedo, seguiremos sintiendo pavor cuando sintamos a alguien caminar detrás nuestro y seguiremos sintiéndonos desprotegidas por quienes deberían poner todo su empeño en proteger los derechos de todos los ciudadanos por igual, incluida la libertad de las mujeres, incluido el derecho a decir que no.