Si se cumplen todos los pronósticos probablemente este fin de semana el Partido Popular elegirá a un nuevo presidente varón, a pesar de que en la competición han participado dos mujeres con una trayectoria política sólida y una de ellas, Soraya Sáez de Santamaría, es según las encuestas la que mejores resultados electorales tendría en unas elecciones generales. Si esto finalmente es así no sería la primera vez que mujeres con trayectorias políticas más sólidas pierden elecciones internas frente a compañeros de su partido en principio con menos “méritos”. Le ha ocurrido al PSOE en sus sucesivos procesos de primarias (Matilde Fernández y Rosa Díaz frente a Rodríguez Zapatero o más recientemente Susana Díaz frente a Pedro Sánchez) y lo hemos visto también en algunos partidos europeos. Esta realidad me lleva a plantear algunas reflexiones sobre el grado de poder real que las mujeres hemos llegado a alcanzar en la política y en los puestos de decisión en general y los sesgos sexistas y androcéntricos que se siguen produciendo en la política. Las filósofas Amelia Valcárcel y Celia Amorós han analizado bien este asunto en diferentes obras que siguen teniendo plena validez. Según ellas, las mujeres detentan el poder sin la completa investidura y lo detentan en cambio con los tres votos clásicos: pobreza, castidad y obediencia y añaden más, con fidelidad y abnegación hacia la persona —normalmente hombre— que la ha designado. Es decir, que las mujeres aún adolecen de ese ritual clásico que hace que el poder sea creíble y duradero. En mi opinión hay un antes y un después en este sentido, desde aprobación de la paridad y el reconocimiento del derecho de las mujeres a estar y participar en la política y los espacios de decisión de manera igualitaria. La batalla por estar de momento está ganada por Ley, pero la pregunta que hay que hacerse ahora es: ¿Ha servido la paridad para que las mujeres lleguen de manera más fácil a los puestos de decisión y el poder deje de ser masculino? Mi respuesta es no. La paridad ha servido para garantizar el equilibrio de sexos en los espacios públicos, pero no para que las mujeres aumenten su capacidad de decisión y ejerzan poder real. La evidencia son las pocas mujeres que tienen oportunidad de desarrollar carreras políticas largas, las mujeres siguen siendo fácilmente sustituidas por otras mujeres, y además las pocas que consiguen llegar a los verdaderos núcleos de poder. Las diferencias entre la exvicepresidenta Soraya Sáez de Santamaría y la exministra de Defensa, Dolores de Cospedal, por ejemplo, han sido interpretadas no en términos de diferentes posiciones dentro de un mismo partido, como así ocurre con normalidad dentro de los partidos, sino como diferencias “entre mujeres”, los que sin duda les ha penalizado en la carrera por el liderazgo del partido. Lo importante, a partir de ahora, será gestionar la paridad para que se pueda producir lo que las filósofas denominan “la completa investidura”. Para ello tendrán que cambiar muchas cosas en el seno de los partidos, pero sobre todo en una cultura política todavía andorgénica y en la cultura de muchas mujeres cuando llegan y detentan el poder. La ostentación del poder por parte de las mujeres debería llevar aparejado un cambio también en la mejora de la democracia y un ejemplo en la concepción feminista de entender el liderazgo y las políticas públicas.