Las lenguas, así en plural, nos someten o las sometemos. Al menos ese es el mensaje que distribuyen quienes las usan como arma arrojadiza. La lengua nos identifica, dicen, nos hace únicos y distintos, en ocasiones incluso superiores. He ahí el germen de un enfrentamiento al que asistimos con el gesto descolocado y el entendimiento abocado a la duda cuando no a la más arisca de las rivalidades.

Tiempo hubo, en aquel oasis llamado “Transición”, en que creímos en un futuro armónico entre las piezas de un puzle recién estrenado con el que dimos a luz un nuevo diseño de la vieja España. Territorios, culturas, lenguas y tradiciones se nos antojaron trofeos que debían adornar nuestra estantería constitucional y que, por supuesto, nos acompañarían hacia utópicas posiciones de camaradería autonómica.

Pero algunas pinceladas se dieron, quizá, con la brocha equivocada y la cadencia empezó a desafinar. La fraterna solidaridad se vio pronto oscurecida por la inoculación de elementos nacionalistas que, cuan virus más o menos latentes, empezaron a corroer las entrañas de la criatura escondidos bajo la capa de algo difuso llamado “cooficialidad”.

Cualquier diccionario nos aclarará, si es que queremos saberlo y actuar en consecuencia, que ser cooficial, hablando de la lengua de cada territorio, significa igualdad. Y si a ello unimos el mandato constitucional que indica que “todos los españoles tienen el deber de conocer —el castellano— y el derecho a usarlo” nos toparemos con algunas realidades que chirrían y que lo incumplen.

Chavales que solo estudian la lengua oficial del Estado escasas horas semanales; jóvenes —y no tanto— que se ven atragantados cuando tienen que expresarse en castellano o padres vilipendiados por pretender que sus hijos lo estudien; desaparición de la lengua castellana en espacios públicos e incluso en documentación oficial... situaciones que se viven a diario, por ejemplo, en Cataluña y que se están empezando a extender al País Vasco, Valencia o Galicia sin que no solo no se proteja la lengua del Estado sino que se favorezca el estudio de las lenguas cooficiales fuera de sus territorios o encargando al Instituto Cervantes su desarrollo y extensión mundial según reciente anuncio del gobierno. Quizá sea un error que pagaremos en el futuro.

Cercenar el derecho de más de una generación a conocer, usar y gozar de un idioma que hablan casi seiscientos millones de personas en el mundo en aras de una mentalidad provinciana y rústica es algo inimaginable en otros países. La expresión “con lengua” estaría mejor aplicada a algo tan gratificante como los besos. Desgraciadamente por parte de algunas instancias se diría que se prefieren, precisamente, los mordiscos.