Hay quien está peleando con el mundo por costumbre, aunque se trate de carencias afectivas, pensando que el mundo le debe todo y un poco más aun. El resentimiento es muy malo y se agazapa donde menos lo esperas para articular su venganza, plato que se sirve —como bien se sabe— frío. Las generalizaciones se adecúan o no a las situaciones concretas, dependiendo de la conveniencia de quien las esgrima, tópicos mucho menos complicados que las comparaciones, que ya damos por supuesto como odiosas... En tantas y tantas ocasiones, ¿cómo referirnos a una situación sin caer en la trampa de las generalizaciones, sin tener que pedir perdón de antemano por hacer tabula rasa e incluir a todos, pagando justos por pecadores? Las trampas del lenguaje, qué duda cabe, sirven en bandeja los malentendidos, y a veces necesitaríamos un traductor simultáneo, intérprete o subtítulos, para que se explicase con otras palabras lo que queremos decir, pero de otra manera, para que nuestro interlocutor nos comprenda cabalmente, sin tantos matices, sin tantas aclaraciones, y sin la obligación de tener que sacar el diccionario e ir a la acepción concreta que deslinde limpiamente el concepto. El café con leche para todos no funciona, aunque nos saque del apuro en momentos límite, cuando el rebaño se contenta y aplaude la demagogia. En ese sentido, y también en otros, solemos apelar al buen entendimiento del otro para que nos comprenda, pero nunca —o casi nunca— nos interrogamos a nosotros mismos para saber si nos manifestamos correctamente. En la Crítica del Juicio Kant argumentaba el “sensus comunis”, constituyendo su tope para lo que es y lo que no es, o sea lo que debe ser y lo que no debe ser. Así que no es lo mismo espetar un “¿me entiendes?”, que un “¿me explico?”, porque en la primera pregunta echamos la culpa —hablemos en términos de responsabilidad mejor que de culpa, que posee demasiadas reminiscencias judeocristianas— al otro del error, mientras que en la segunda asumimos que quizás hemos sido nosotros quienes no nos hemos expresado en puridad. Cosas que pasan más habitualmente de lo que parece, si nos paramos a reflexionarlo, a pesar de nuestra resistencia a reconocerlo. Además, en las relaciones intersubjetivas se pone en marcha otro factor altamente peligroso para que salten las chispas del recelo y la desconfianza, me refiero al horizonte de expectativas en el intercambio comunicativo. No se trata de que hables o no hables, que digas o no, sino de lo que el otro espera de ti. Cualquier cosa puede volverse en tu contra, incluso si no abres la boca. Con este panorama poco margen queda excepto tal vez un resquicio en la dialéctica del diálogo, el intersticio de la complicidad de una propuesta de mínimos, un toma y daca que nutre a ambos, caldo de cultivo del respeto, que no del entendimiento. Por eso lo peor resulta al darnos cuenta de que a veces no hay manera posible de ponerse de acuerdo, que cada uno debe asumir su postura y establecer el conflicto como base del caos presocrático que rige la materia, sin caer en la ingenuidad del orden subyacente. Ciertamente el origen de la filosofía se vincula al abandono de las explicaciones mitológicas del origen del universo. Entonces hay que replegarse en la música, escuchar aquella “Bandera blanca” de Franco Battiato. Ah mítica bandera blanca, cuánto te echamos de menos.