Escribo desde el punto más bajo de Jaén. Estoy en San Julián, un poblado de colonización de los muchos que se construyeron en los años cincuenta del s.XX. Aquí el río Betis, nuestro Guadalquivir, discurre manso apenas a 200 metros sobre el nivel del mar. He venido para intentar entender cómo este Jaén tan grande está a la cola de todo. Basta acercarse a las estadísticas oficiales y comprobarlo. Las vegas de estos lares auguran buena cosecha de maíz; los cereales ya se cogieron y los olivares que tapizan lo que otrora era campiña auguran buena producción. Como hijo del campo, del mundo rural, me cuesta entender que siendo la madre de la mayor reserva hidrológica de Andalucía, de la mayor despensa de aceite, también de algodón, cerezas, e incluso de espárragos, no haya manera de vencer los datos que nos sitúan como abanderados del desempleo y los últimos en nivel de renta. Desde la orilla del gran cauce fluvial, me asaltan dudas y alguna certeza. Las dudas tienen que ver con la capacidad para salir airosos de la encrucijada. La certeza, disponemos del mejor capital humano.