El cambio forma parte de nuestro proceso de aprendizaje, de nuestra forma de vida, de manera que las personas acabamos siendo aquello que hacemos con lo que nos ha tocado vivir. Irremediablemente, observamos que todo lo que nos rodea evoluciona hacia algún punto y, en esa situación, podemos percibir el movimiento como una agresión o como una oportunidad. Todo gran proyecto, ya sea en el ámbito profesional o personal, nos ofrece cierta dosis de vértigo, y nos lleva ante una difícil disyuntiva: continuar a toda costa o empezar de cero cuando nuestra “obra” ya no parece ser capaz de mantenerse. El éxito ante el cambio depende enteramente de nuestra capacidad de adaptación, de nuestra confianza en nosotros mismos, y es que, en palabras del escritor David Foster Wallace: “El coraje es el miedo que ha rezado sus oraciones”. Si podemos cambiar, aunque solo sea en una única ocasión, la forma de reaccionar ante lo que nos ocurre, podremos hacerlo mil y una veces. De esta manera, nuestros límites serán un reflejo de todo aquello que esperamos conseguir con el tiempo y con honestidad, ya que, después de todo, saber vivir es saber esperar.