Una gozada ver con mis propios ojos, valga el ajustado pleonasmo gramatical, los membrillos rutilantes de Paco Cerezo. Son perfectos. Agudice la vista y verá, entusiasmado hasta la pelusa de este fruto y el pedúnculo colgadero. Están sus membrillos para comérselos, aunque el estreñimiento sea un constante y sonoro tirar de la cadena. Me repito. La boca se me está haciendo agua, y darle unos mordiscos es un proyecto que voy a realizar en menos que canta un gallo. Dicho y hecho. Le robo un membrillo a Paco Cerezo, lo pelo con mi tranchete, trozos a la boca, y a darle un gustazo a las glándulas salivares. A otra cosa, mariposa. El mes de septiembre es el tiempo del sol de los membrillos, o sea, la antesala de la estación de las hojas lombardas y sin salud sopladas por Eolo, este dios griego que ha hecho famoso a este Jaén por sus impetuosos y agresivos aires. Por cierto. Ni se le ocurra ir por la calle Campanas cuando el airazo insolente abre las puertas, como lo hizo una vez con la puerta del Perdón de la Catedral de Jaén, y se lleva volando las tejas de los tejados. El membrillo, y sé lo que digo, sea de Manolo o del pago del Puente Jontoya, es digno de una reverencia.