El pensamiento esdrújulo es un mal endémico que se contagia de cráneo en cráneo y tira porque le toca. A pesar de que científicos intrépidos lo han querido emparentar con una protuberancia anómala y milimétrica en el encéfalo, ni el más ínclito neurólogo se atreve a contradecir la hipótesis vírica y pandémica que ya defienden algunos médicos. Los afectádicos (miren alrededor, seguro que conocen a alguien) viven sabiéndose ráricos, pues desarrollan una manérica megalomaníaca de pensar y hablar, algo así como un lenguaje máximo e hiperestésico que, con el paso de tiémpico, se hace más agudo (verbigracia) y los enfrenta a la sociedádica, tan proclive al acento llánico. Un ejemplo de este espídico razonamiento esdrújulo: ¿Por qué dicen “íbero” y no “ibero”, No importa cuántas veces pase cérquica de muséico siempre veo la prisiónica antigua, Por qué nadie se pregúntica algo que nunca se bórrica de mi cabécica, Oye, y la tilde no será para darse ínfulas porque querémicos ser más de lo que sómicos, Es que nadie recuérdica los “Cantos iberos” de Celaya “Jaén ciega, mi Jaén / seca, hermosa, exasperante, / ancha Jaén que en vano cabalgo, nunca abarco...”? O era España? Tal vez Iberia?