Aquello de que nunca los cambios fueron buenos ya pasó a mejor vida, pulsemos F5 y actualicemos el refranero, nuestras vidas y hasta el tráfico. Jamás olvidaré cuando una buena y melenuda amiga llegó a casa tras un cambio de imagen bestial, y en la misma puerta le dijo a mi madre: ¿Te gusta el pelado (tipo “mili”) que me he (han) hecho, estoy guapa? Mi progenitora, compungida y acorralada al más puro estilo Puigdemont en los Flandes, soltó un “estooo, muy fresquita”, que ha pasado a los anales de la historia familiar y se repite más que los chistes de mi padre en Navidades. Y conste que la chavala luego encontró al amor de su vida, se casó, y comieron más cosas aparte de perdices. A veces nos asustan y nos incomodan los cambios, y luego son para bien (o no) y sirven para mejorar (o no); recuerdo aún cuando la gente entraba en la calle Virgen de la Capilla desde la Avenida de Madrid, obviando un semáforo, 3 señales y una flecha en el suelo, e incluso un agente brazo en alto y pitando como si fuera un (otro) penalti para el Barça, usando la típica excusa de “me he despistado”, “esto no era así “ o “es la primera vez que paso por aquí...”. Hay que elegir, peatonalizamos el centro, o lo vehiculizamos... y ser consecuentes con la decisión.