Decía la filósofa Marina Garcés hace apenas unos días en El País que “el turismo es la industria legal más depredadora”. Cada vez son más los que piensan así. No es casual que los segmentos turísticos alternativos al sol y playa avancen poco a poco pero de manera inexorable. Se “vende” otra cosa. Y otra cosa es, por ejemplo, tipos de turismo cada vez más en boga como el turismo “slow”, para romper con las prisas, el “detox”. para limpiar tu organismo o las vacaciones desconecta, para dejar a un lado el móvil. Son ejemplos de modelos por los que merece la pena apostar. Eso no quiere decir que nuestros pueblos no tengan carreteras adecuadas o se les corte la luz cada dos por tres. De lo que se trata es de que se hable y se decida por qué modelo apostar y asumir que si se se quiere un modelo basado en atraer turistas que quieran cortar con la rutina, ofrecer calma y perderse en el monte en contacto con la naturaleza y la vida rural para desconectar no puede ser acorde con tener autovías en las sierras. Ese apuesta turística tiene un coste. El problema es que los ciudadanos que viven todo el año en esos municipios no se les ofrezcan alternativas que les merezcan la pena no sucumbir al poderoso hechizo de las grandes ciudades.