La canalla está definida en la RAE como gente baja (nunca, se entienda como de estatura pequeña) ruin, persona despreciable y de mal proceder. Suponiendo que todos somos distintos a esa canalla, nunca necesitaríamos vigilantes para protegernos, cada uno se siente especialmente distinto de aquellos que tienen sus debilidades, sus pecados, o sus menudencias de estar vivos. Y eso empieza a ser una mentira, cuando entramos en el guion, por el hecho de ser seres inteligentes, emocionales, sanguíneos, en el sentido de que algunos son correctos con “el orden establecido” y otros lo asimilan como pueden, hasta morirse. Nadie es tan malo para considerarlo despreciable, sencillamente, porque ha surgido de todos (esa cosa que no nos gusta), de nuestros genes confundidos, alterados, o socialmente heterogéneos, y todos aunque nos duela, lo ignoremos, o nos refugiemos en nuestra vida doméstica relativamente acomodada, somos responsables, aunque, muchas veces sin saberlo. Por eso necesitamos algún Dios que nos dignifique. Y en el mismo sentido nadie es tan bueno para juzgar, disponer o emitir dónde está el cielo de los justos con nuestras justicia, y el infierno de los injustos con no sé qué justicia. Las personas nacemos y morimos solos y acompañados de nuestra soledad, y eso no es poesía, ni pretende serlo, es la puñetera verdad, y punto redondo.

Hasta aquí, he pretendido presentarme de alguna manera más o menos honesta, pero después me bajo a las tristezas o insulseces de la vida que convenimos en llamar diaria, como si fuera un trago que hay que llevárselo al alma, al espíritu, o no sé a qué sitio que no tiene nombre , y digo sin temor a equivocarme que mis compañeros vigilantes de seguridad de la Seguridad Social de Jaén (que cuando menos resulta algo irónico: por aquello de la seguridad y lo social) cobran a destiempo, no saben cuáles son los términos ejecutables, y justos de sus convenios y tampoco saben con certeza dónde acudir para pedir socorro, porque les van quitando del bolsillo, del zurrón, del frigorífico, e incluso de la risas de sus hijos, más de 300 euros, y todo eso y más, amparado o ninguneado por una administración de personajes obsoletos de la que formo 1,70 de parte.

No soy periodista, ni reportero, ni documentado investigador, tampoco, a estas alturas necesito credibilidad ni me importa. Lo que estoy contando es lo que veo en el semblante y la mirada de las personas a las que siempre les deseo buenos días. Y esto es un pequeñico ejemplo, muy concreto, de lo que les puede pasar a nuestros hijos, y a nosotros, si no nos morimos adecuadamente: en tiempo y forma.