Confieso que, fruto de mi creencia en Dios, estoy viviendo un proceso de crecimiento personal y espiritual difícil de explicar pero, creo, que fácil de entender. Soy de los que piensan que estancarse de nada sirve, que permanecer inmóvil, bien por apatía bien por falta de decisión, a nada bueno conduce; soy de los que prefieren salir de la zona de confort y dejarse empapar. En este proceso personal, influenciado por personas, acontecimientos y situaciones diversas, hay dos palabras claves que vertebran mi vida cada día. La primera de ellas es gracias. A diario le doy gracias a Dios por todo lo que me regala en cada instante de mi vida. Gracias por la vida, por permitirme disfrutar de sus luces y sus sombras, de momentos tristes y de días alegres, de la lluvia, del sol, de una bonita canción o de un libro fantástico; gracias por la familia, por mi mujer, por mis hijos, con quienes tanto disfruto, a quienes tanto adoro, con la seguridad de que la vida sin ellos no sería igual, ellos son mi motivación de cada día y mis desvelos de cada noche; gracias por la amistad, con la que bien se entiende la comprensión y la aceptación sin nada a cambio; gracias por el trabajo, no solo como fuente de riqueza económica, sino como servicio a la sociedad; gracias por todas esas personas que el Señor pone en mi camino para trabajar juntos por los demás. La segunda palabra clave es perdón. A diario le pido perdón a Dios por el exceso de veces que me quejo de las situaciones negativas de la vida; perdón todos mis fallos como esposo, padre, hijo, amigo o compañero; perdón por no aprovechar oportunidades o dejarme llevar por situaciones; perdón por no siempre dar lo mejor de mí mismo. En fin, pienso que en esta vida tenemos muchas más razones para la gratitud que para la queja; y no hace mucho leí que equivocarse es un defecto de todos, ofrecer disculpas es una virtud de pocos. Para el final dejo una petición: que el Señor me siga concediendo el regalo de la vida y el disfrute de sus maravillas; y que así se lo pueda transmitir a los demás. Los regalos del Señor son para mostrarlos y ofrecerlos.