Debería ser comedido pero no lo voy a ser. Me da asco, vergüenza, vomito con la clase política catalana, clasista, racista e independentista, que lleva un año usando las víctimas del atentado del 17 de agosto de las Ramblas de Barcelona y del Paseo Marítimo de Cambrils. Un año entero que las tienen en la boca permanentemente, pero no para amainarles el dolor, para sofocar su desesperanza, para hacerles la vida un poco más llevadera tras la tragedia de aquellos días, no, solo hablan de ellas para atizar a España, solamente para minar las bases del Estado democrático y de derecho en el que los españoles nos organizamos en 1978, tras la dictadura atroz, bestial y sanguinaria de Franco. Murieron 16 personas, arrolladas por una furgoneta y un coche, más de 150 personas, de distintas nacionalidades, resultaron heridas (hubo en Cataluña quien en su megalomanía, mentira y tremendismo republicano lloraba con los muertos de fuera y soslayaba la lágrima con los asesinados españoles). No es un día de agosto cualquiera, como no lo fue el de 2017, Jaén y su provincia reverbera de pasodobles, vaquillas y tambores de procesión y muchos de ustedes me leen desde la playa, bajo la sombrilla y a la espera del rico espeto. Hagamos pues un parón en nuestro regocijo merecido, en nuestras tradiciones más populares y en el recuento con los amigos de la infancia para recordar en silencio a aquellas personas que una tarde paseaban tan tranquilamente por Barcelona y encontraron la muerte más atroz tras ser arrollados por una furgoneta que daba tumbos de un lado a otro para que la escabechina fuese mayor. A dos niños, de tres y siete años, se los llevó por delante el fanatismo religioso. A todos los muertos, a todos los heridos, los ha postrado en el olvido el fanatismo separatista que lucha por la independencia saltándose las leyes, proclamando injusto lo que les viene en gana y sin tener un solo Estado que los respalde en el mundo, siguen en el monte disparando contra el que piensa diferente. Nuestro recuerdo más profundo y sentido a las víctimas asesinadas, en el hoyo desde entonces; el rico bollo para las lloronas ‘no víctimas’ que quieren salir ‘de rositas’.