La pintura española del siglo XIX permanece escasamente estudiada; sucede otro tanto con la de Jaén, en la que destaca Lauro Moner Espinosa (La Carolina, Jaén, 1846?) como acuarelista. Es de él la magnífica acuarela conservada en el Museo de Jaén; hasta no hace demasiado tiempo, sin obras de este maestro, a quien conocemos mal; incluida su manera de hacer y la propiedad de los procedimientos empleados. Artista centrado en la pintura al agua como única manifestación pictórica que, merced a la aparición de nuevas obras de su mano, diseña otro horizonte menos limitado y también otras estimaciones sobre su pintura; cuya estética es contemplable a través del maridaje de dos procedimientos: óleo y acuarela.

Entre los escasos cuadros conocidos de su mano, destacan magníficas acuarelas, alguna, por cierto, verdaderamente notable en cuanto a la simplificación y tratamiento de las trasparentes y aéreas formas que las integra y la manera de concebir el espacio virtual de estas. Tal es el tratamiento de la pieza conservada en el Museo de Jaén, deudora de una composición de mayor tamaño también firmada por el artista. En cualquier caso, obra de gran limpieza, realización firme y de muy seguro trazo. Esto hace pensar en un profesional dedicado por entero a la acuarela; procedimiento muy estimado durante los albores del siglo XIX y los comienzos del XX. Años de florecimiento de excelentes acuarelistas españoles; en algunos casos superiores al propio Mariano Fortuny y Marsal (1838-1874); cuyas acuarelas, a mi modo de ver, no alcanzan la grandiosidad y la inusual destreza que acompaña las excepcionales acuarelas de José Tapiró y Baró (1836-1913). En cualquier caso, ambos permanecen adscritos a un periodo de magníficos pintores, aun ninguneados por una crítica áptera y desinformada que solo comenzó a racionar a partir de la inauguración del Museo de Orse. Formado en Córdoba, a cuya Academia perteneció, fue viajero por diferentes lugares, Mauro Moner participó en distintas exposiciones y, probablemente, fallecido ya entrado el pasado siglo; por tanto, conocedor de la luz impresionista, no tanto de los modos de pintar quienes cultivaron el movimiento en aquel París de híbridas sensaciones y múltiples poéticas pictóricas y literarias, de las que el Impresionismo solo es una de ellas; cierto que con muy destacado arraigo y continuidad. Sin embargo, no es cosa menor y para olvidar que durante un largo periodo que alcanza el año 1922, convivían en París figuras como Marcel Prutst y Pablo Picaso.

Puerto de Málaga. El cuadro reproducido en estas páginas es, posiblemente, El puerto de Málaga, (Óleo sobre tabla, 23 X 27 centímetros) da noticia del otro procedimiento cultivado por Lauro Moner y, aun contemplado con escaso detenimiento, deja percibir la sutileza de la pieza realizada con gran limpieza cromática y dominante de azules; cuyo tratamiento deja ver dos modos de intervención en su espacio virtual; siendo la parte superior la de mayor notabilidad. Sin esconder, el interés de la inferior también es notable. Ambas áreas se muestran cuidadosamente atendidas en todo aquello que afecta a la definición de los objetos y cosas incluidos en ella. Obra luminosa por demás; sin embargo, aunque pertenece con toda propiedad a su tiempo, en ningún caso, es deudora del Impresionismo. Movimiento surgido en 1874; un año antes de la realización de esta obra de particular luminosidad sureña; rica de sensaciones y matices que nos avisan de un universo de ensoñación pictórica muy cuidada; más acorde con la presencia de las cosas, que con la memoria de estas y, a mi ver, menos atenta al recuerdo. Ello nos advierte de un cuadro tomado del natural; como es usual costumbre decir en términos académicos y profesorales, al “plein air”. Sin embargo, también deja percibir en ella, cierta raíz de aliento naturalista y un marcado estado de dualidad en su matizado anclaje plástico. Con todo, una obra de cuidado andamiaje estructural y buen dibujo; cuyo autor fue coetáneo de una pléyade de pintores jiennenses, entre quienes sobresalen Pedro Rodríguez de la Torre y Manuel Ramírez Ibáñez. Por lo demás, contemplable desde una base de exploración con el adecuado tratamiento a la hora de configurar la sensación aérea de su parte superior; estableciendo una sensación de contrapunto con respecto a la inferior, más gestual de tratamiento y con mayor peso en el color que la define con salpicadas notas cálidas.