Desde que hace una década tuvimos que afrontar el enorme reto de superar una crisis económica de dimensiones históricas, he creído en que la confianza y el optimismo iban a ser los ingredientes mágicos de cualquier receta de recuperación. La confianza porque si analizamos nuestra historia nos daremos cuenta de que no es la primera dificultad que hemos superado, y que esta, como todas las anteriores, la superaríamos. Claro, con mucho esfuerzo, pero algún día podríamos certificar que se había recuperado el nivel de empleo y de bienestar previo a la crisis. Y el optimismo, porque si bien es cierto que como tal no genera riqueza, pero el pesimismo no iba a traernos más que dificultad y destrucción de empleo. Debíamos dejar el pesimismo para tiempos mejores. A estos ingredientes habría que rociarlos con un chorrito de humildad, por la complejidad y la dimensión internacional de la crisis y por la necesidad de admitir cambios en las reglas económicas como consecuencia de la globalización. Desde entonces, con humildad, optimismo y confianza, se ha trabajado desde diferentes trincheras para lograr esta ansiada recuperación. No han sido pocas las ocasiones en las que apartábamos de nuestro mensaje ese sentimiento de queja tan típico de nuestra tierra y, como casi siempre, señalando a nuestros, odiados por siempre y venerados ocasionales, políticos, como responsables de los escarchazos de invierno y de las canículas de verano. Quejarse por quejarse no traería más que a una espiral que nos engulliría en la agonía y la desesperanza. Ese final de la crisis ha llegado y, como certifican las estadísticas, lamentablemente para unos antes que para nosotros. La realidad es que cada vez es más difícil trasladar un mensaje de optimismo cuando hablamos de desarrollo económico en la provincia de Jaén. Resulta frustrante pasear por el centro de la capital y ver la cantidad de comercios que han cerrado. 162 en los últimos cinco años. Y en construcción un centro comercial a las afueras, a tan solo 350 metros de otro que no podrá evitar la reducción de afluencia. No menos frustrante es ver un partido de tercera del Real Jaén la semana pasada y que se que se quede a oscuras el campo, como ya ocurrió en la única ocasión en que la Federación Española de Futbol confió en celebrar un partido de la sub-21 en el nuevo y flamante estadio. Pero lo de ayer con la vuelta ciclista a España, con el final de etapa retrasmitido por TV en directo, llegando a nuestra provincia por el Alto de Ceal, colma las ratios de vergüenza, impotencia y frustración. Esta competición es un escaparate al turismo de las diferentes comarcas y ciudades por las que pasa, y llega a Jaén por una carretera descarnada, llena de arena y grava suelta, sin quitamiedos, sin pintura y afortunadamente parcheada para la ocasión, donde el reto de los corredores era no terminar en la cuneta por una caída. En las entrevistas posteriores los participantes manifestaban que hacía muchos años que no habían pasado por una carretera en tan mal estado. Una etapa que iba desde la industrializada comunidad de Murcia a un paraje que parece más propio de otra época o de un país del otro lado del Mediterráneo y en tan solo 185 kilómetros. Si lo que se pretendía era trasladar una imagen de la necesidad de que esta tierra sea incentivada con planes urgentes de actuación por los diferentes entes nacionales y europeos, tengan por seguro que la de ayer fue una etapa reina.