El cine de José Luis Garci es melancolía, palabra y actor. Alfredo Landa, es decir, el detective Germán Areta en ‘El Crack’, que conduce su utilitario hacia el peligro por una Gran Vía oscura y sucia mientras escucha en la radio la voz de Manuel Martín Ferrand; o el mismo Alfredo Landa besando suavemente los labios de Ana Fernández en la húmeda nostálgica calidez de ‘Historia de un beso’; o aquella conversación entre Antonio Ferrandis y José Bódalo en una escena que, por sí misma, vale un ‘Oscar’, en ‘Volver a empezar’. Antonio Ferrandis confiesa que sufre una enfermedad terminal, y que por eso ha regresado a Gijón, a aquel José Bódalo impresionante, que recogía esas palabras sólo con el dolor en los ojos, como únicamente han logrado unos escasos grandes actores en la larga historia del cine y del teatro, expresar sólo con los ojos, y Bódalo lo hacía porque se trata de un intérprete inolvidable e irrepetible. Ahora, con 74 años, José Luis Garci lo ha dicho en una entrevista: “Han empezado a morirse mis amigos y me doy cuenta de que estoy en un campo minado”. La ficción, claro, siempre es un anticipo luminoso o doloroso de la realidad. El cine de Garci es, sobre todo, melancolía, porque permanentemente parece estar hecho por un artista que vive sólo en la madrugada, como los mejores locutores de la radio. En el prólogo de su libro de relatos ‘Insert Coin’, que hermosamente acaba de publicar la editorial Reino de Cordelia, Garci escribe: “Cuando era niño, mis padres jamás me contaron cuentos al acostarme. Me contaban películas”. De aquellas películas que Garci conoció de manera oral se quedó con el arte y la nostalgia. El cine de Garci es hermoso, sobre todo, porque es un cine literario. Las imágenes de las películas de Garci están llenas de literatura. Cuando José Sacristán habla a deshoras en un estudio de radio en ‘Solos en la madrugada’ lo envuelve el humo del cigarrillo que está apurando y eso no es únicamente cine: se trata de literatura. Francisco Umbral lo dijo en cierta ocasión: “José Luis Garci no es que escriba bien, sino que es escritor, y de los mejores”. Y el actor Víctor Clavijo acaba de afirmar que muchas veces ha pensado que Garci, antes que un cineasta, es un literato. Porque José Luis Garci vuelve a rodar cine, después de aquella película estrenada en 2012 sobre Sherlok Holmes, que a una mayoría no le gustó nada y a algunos nos gustó mucho. Víctor Clavijo encarnará a un Germán Areta joven, que deja la Policía para abrir su despacho en la Gran Vía madrileña. En esta tercera versión de ‘El Crack’ ya no estará Alfredo Landa, claro, ni se podrá escuchar la voz de Manuel Martín Ferrand, pero aparecerá el trazo sensacional de las películas de Garci. Y tampoco se asemeja en nada la actual Gran Vía madrileña a aquella que recorría Alfredo Landa en los años 80, con las cafeterías de estilo neoyorquino, los últimos cines de estreno, los cabarets con el destape de la Transición y la ginebra del tardofranquismo, y aquella cosa que tenía aquella calle entre cosmopolita y pueblerina, como el propio Madrid, que oscilaba entre Nueva York y un poblachón manchego. Garci busca en otras ciudades españolas tiros de cámara en calles que todavía se parezcan a aquella remota Gran Vía que recorría Germán Areta. Hay que esperar con impaciencia el estreno de la nueva película de Garci, con Germán Areta, ‘El Piojo’, aquel detective que nos enseñó que importa navegar antes que vivir.