El teatro de Antonio Buero Vallejo sigue resultando impresionante. Es un teatro que viene del pasado, de los clásicos, de lecturas, de una experiencia personal herida: del talento. La obra de Buero Vallejo vive en el silencio, porque la sociedad actual está llena de gritos. Porque esta sociedad se ha ubicado en el vacío y en el ruido. Pero el Centro Dramático Nacional (CDN), que dirige Ernesto Caballero, ha recuperado ‘El concierto de San Ovidio’, una de las obras más emblemáticas del autor, de mayor contenido social, de más simbolismo. Mario Gas ha dirigido la obra desde un evidente respeto al texto y, al mismo tiempo, desde la audacia. Pero, en todo momento, es a Buero a quien el espectador tiene delante. Su colosal carpintería teatral, que en esta obra llegó a lo sublime. Los diálogos llenos de fuerza dramática. Y la forma en la que conducía la obra hacia la tragedia. La noche en la que asistimos a la representación de ‘El concierto de San Ovidio’, en el teatro María Guerrero de Madrid, ocurrió un hecho absolutamente inusual en el teatro: cuando el ciego David se rebela contra la tiranía de Valindin, un tipo sin escrúpulos, hasta matarlo a bastonazos en la oscuridad, hubo algún espectador que gritó desde la platea: “Muy bien, pégale”. Y otro: “Dale, dale”. El teatro de Buero Vallejo, decíamos, está completamente vivo. Es un teatro de ideas, de poesía escondida, de recreación en los símbolos, de profundo convencimiento en el poder de la palabra. Un teatro sensacional.

‘El concierto de San Ovidio’ se estrenó en 1962, pero su vigencia continúa intacta. La acción se desarrolla en Francia en 1771 (Buero tenía que sortear como podía a la censura del franquismo). Valindin, un experto en el engaño y en el soborno, acude al hospital de los Quince Veinte para contratar a un grupo de ciegos a fin de que formen una orquesta e interpreten música delante del público. Pero la idea no tenía un objetivo artístico. Todo lo contrario. Se trataba de llevar a los ciegos de feria en feria haciendo el ridículo. Siendo el hazmerreír de todos. Ya lo había advertido la priora del convento a Valindin: “Esta gente es muy torpe”. Pero David es un ciego con un inmenso talento para la música. Y se revuelve contra el tirano. Porque en el subsuelo de esta obra deslumbrante, conmovedora y llena de ideas, está la lucha de clases, de una manera considerablemente más marcada que en otras piezas de Buero. Y está también la reflexión de los que pactan con la dictadura y los que no. Una frase de la obra: “Yo no soy como él. —Pero sigues con él. —Como vosotros”. Y otra, escrita en 1962 pero que puede tener connotaciones muy actuales: “Yo no me entrego a la Justicia de los videntes”. La interpretación de Alberto Iglesias en el papel de David es sencillamente estratosférica. Despojado de parte de la poesía que lo envuelve en el texto, representa al artista, al personaje culto que se enfrenta al tirano, pero desde una profunda frustración interna. Y José Luis Alcobendas, dentro del nivel interpretativo altísimo de todo el elenco, está sensacional. Hace a su personaje de Valindin decididamente odioso. Y queda, sobre todo, la voz de Antonio Buero Vallejo, después de que 2016, el año del centenario de su nacimiento, pasara sin el estreno de ninguna de sus obras, Buero, dramaturgo impresionante, cuya obra habita junto a la de Calderón o Lope de Vega. Gran reencuentro con Buero.