La hora sexta de los romanos era lo que hoy conocemos como siesta, ese momento dedicado al descanso, después de haber comido un buen plato de pipirrana, que no sé por qué se llama así, pues ni da saltos ni tiene ancas, en el verano de Jaén, o sea, la caldera del calor a tope, viene como anillo al dedo, digo como un buen trago de agua a la boca del botijo, este recipiente de barro por que no pasan los años y que es el mejor inventar para sofocar el calorín jaenero, tan molesto como puñetero. Al ser la siesta un descanso merecido, media Europa nos la ha copiado, pero, qué caramba, no quieren pagar el derecho de autor, y eso no está bien por ser la patente española más española que la tortilla de patatas. Una buena siesta es como reponer fuerzas, al mismo tiempo que se rebajan los ardores producidos por el ajo, el tomate, el pepino más otros ingredientes propios de la susodicha pipirrana y el refrescante gazpacho o salmorejo, que si es gastronomía morisca, también es plato de cristianos jóvenes o viejos. La siesta, qué bien me siente, si no fuera por ese mosquito que zumba como un avión y aterriza de vez en cuando en mi nariz y donde a él le salga de sus narices, pues en él no mando yo.