Dentro de unos días se celebra en Jaén la que ya viene siendo tradicional Feria de los Pueblos, donde gente de toda la provincia acude a la capital a mostrar los encantos de cada uno de ellos, sus costumbres, su artesanía, sus tradiciones... Y con su gente, los alcaldes y concejales, ejemplos vivos de lo que es la inexcusable gestión pública de la vida diaria. Los habrá mejores o peores, pero el que quiera que se ponga. Algunos de ellos también han montado su propia feria. Una feria política que algo tendrá que ver también con la relación de los pueblos con la capital. Habrá quien le quite importancia a la ruptura, cisma, escisión o disidencia, —que cada uno lo puede llamar como quiera—, consumada hace pocas semanas en el Partido Popular jiennense, pero, aun no siendo finalmente tan abultada como se anunciaba, se equivocará quien la minimice. El abandono al que permanentemente se han visto sometidos muchos de los que han dado y dan la cara en el ejercicio de la política real, la que se hace día a día “en el frente”, parando, mandando y templando ante los problemas de los vecinos, en los ayuntamientos pequeños y medianos, ha sido durante mucho tiempo el caldo de cultivo de una desesperanza creciente que no podía acabar bien. El egoísmo de las élites cortesanas, ha preferido en algunos momentos la sumisión al jefe antes que la lealtad a los principios y a las instituciones, —en este caso hasta a las reglas democráticas propias—, llegando a veces a la perversa preferencia de tener en los pueblos gente fiel, —aunque sea poca y no se ganen elecciones—, antes que crecer en militancia sumando nuevos afiliados de los que pudieran surgir líderes más o menos incómodos. Dicho de otra manera, y vale para cualquier formación, a veces, el jefe provincial prefiere que el partido no se haga fuerte en algunos pueblos si eso implica el que se puedan hacer fuertes elementos emergentes con criterio propio, vaya que se les ocurra mover sillas en la corte capitalina. Y se han castrado, por las buenas y por las malas, iniciativas y liderazgos competentes, no por mantener un partido unido, sino por mantenerse unidos, unos cuantos, a sillones y prebendas. Por eso alguna veces la decisión de irse es más noble que la de quedarse. Y por supuesto más arriesgada y más valiente. Y es que se nos olvida que los partidos son instrumentos al servicio de la sociedad, y no un fin en sí mismos. Que no vale todo en política y que, se diga lo que se diga, la dignidad de las personas está por encima de las miserias conspiratorias. La profesión de político como la de torero es muy dura. Curte mucho. Y enseña más todavía. Porque no todos los toros son negros, ni siempre es fácil distinguir el bravo del manso. A veces las rayas se pueden pisar, pero el respeto a las reglas es algo fundamental. Y aquí parece que los encargados de hacer que se cumplan son los primeros que se las quieren saltar. El toreo es grandeza, y la política también cuando se hace con verdad. En cualquier caso eso que llaman ahora el medio rural sigue siendo la asignatura pendiente de la política española y europea. Ni la vida ni los problemas se ven igual en los pueblos que en la capital. Y ahora que llega la otra feria, la electoral, y todos se empiezan a preocupar, convendría tener en cuenta que en los pueblos no basta ni con el feisbus ni con el guásap.