Parece ser que por fin hemos superado con cierto éxito, el gravoso y triste tópico de las dos Españas, pues para nuestro pesar o nuestra alegría, y siempre dependiendo del cerro desde nos pongamos a mirar, nos cabe el orgullo de haber descubierto, gracias a nuestro tesón y porfía, una nueva España: la España imputada y olé, olé, olé. Una fecunda tierra, bien estercolada, que guardábamos en nuestros recónditos ombligos como preciado tesoro, como una joya de la corona. Y es que España da para mucho, no deberíamos de ser tan cainitas, tan autocompasivos. Esta nueva patria situada en un lugar privilegiado gracias a la misericordiosa mano de Dios, es cuando menos envidiable, digna de admiración, fruto y cosecha de los españoles que hemos llegado a vivir parte del siglo XX y XXI, sin olvidar, para no ser injustos, el acervo inculcado por nuestros predecesores, sin los cuales no hubiera sido posible culminar esta portentosa hazaña. Pero en esta vida y en consecuencia en esta tierra, no todo son mieles, y campa la envidia y el fácil descrédito por los logros ajenos, y saltan a la palestra una serie de autores, por llamarlos de alguna manera, que vienen a decirnos, sin atender a la modestia y al recato, que ellos ya conocían, ya sabían, de esta España prodigiosa recién amanecida. Que lo escribieron, expusieron y vocearon, pero que fueron ignorados, solapados e incluso despreciados (¡cucha tú que cosa!), gentes sin duda con afán de protagonismo, de mente estreñida, personajes o personajillos a algunos de los cuales me voy a permitir nombrar, aún a costa de mermar mi humilde prestigio. Me estoy refiriendo, por ejemplo a Quevedo, por ejemplo a Cervantes, Larra, Machado, Hernández, Lorca, Vallejo, Sampedro, Ángel González, Montero, Muñoz Molina, etcétera, e incluso para más “inri”, algunos gallegos, algunos extremeños, unos cuantos catalanes, y unos pocos vascos. En fin, para nuestro consuelo, lo que viene a entenderse como unos ilustres ignorantes, una caterva de presuntuosos.