La envidia. Ese sentimiento tan viejo como el ser humano y del que se ha dicho que es el más vergonzoso de los vicios. Se le considera tan deshonroso que hasta el filósofo Francis Bacon ha afirmado que la envidia es “un gusano roedor del mérito y la gloria”.

Alguna personas pueden suponer que es un complejo de inferioridad, por lo tanto, muchos lo disfrazan de halagos hacia amigos de los envidiados. De ahí que, a veces, me pregunte contra quién van dirigidos esos halagos.

La peor envidia, por tocar de cerca el corazón, es la envidia entre familiares o, en otras ocasiones, entre amigos muy cercanos, a los que quieres y de los que nunca esperarías que intentaran destruirte socialmente, buscando ocupar o bien tu lugar o, simplemente, alejarte de ese lugar al que ellos les es imposible siquiera acercarse. Algunos tratan de imitar, otros se deprimen y los peores critican, boicotean e incluso llegan a conspirar contra el envidiado.

La envidia trae el implícito deseo de hacer daño a esa persona que ha conseguido algo y, por lo tanto, que el envidioso desea fervientemente. En definitiva, es el camuflado reconocimiento de una derrota.