Abordé el mes de diciembre con la leve esperanza de contemplar un panorama político en Cataluña algo más razonable después de las elecciones. ¡¡Craso error!! El resultado hace ineludible seguir hablando de la “Cosa”. La realidad puesta de manifiesto en las urnas es incómoda para todos, porque unos ganan en diputados perdiendo en votos, y los otros pierden en diputados ganando en votos. Estas votaciones legales al cien por cien reflejan no solo la fractura social y política, sino que el independentista catalán lo es a ultranza. La tribu vota a la tribu.

De nada ha servido la evidencia de que los líderes independentistas han mentido, han manipulado a la población desde el poder de sus instituciones, han infringido las leyes y su expresidente huyó descarada y cobardemente. Se conoce que el votante antepone la fidelidad por encima de los hechos recientes. Ahora toca pisar suelo y comenzar a restaurar el tejido social zurciendo con habilidad cual monjas de clausura. La población catalana ha vuelto a poner en manos de los políticos (como es natural) el problema, para que sean estos los que encuentren las soluciones al sentir de este pueblo, que al parecer siempre ha estado incómodo en el traje que se le hizo a medida al comienzo de la Transición política en España.

En primer lugar, el independentismo ha de arreglar el cacao interno que tienen ya que por número de diputados pueden gobernar, si bien es cierto y evidente que no han salido indemnes de su aventura. Tienen demasiadas explicaciones que dar los unos a los otros y a sus votantes. Han de hablar entre ellos de traiciones y simulacros. El bloque constitucionalista tiene que dejar ya la campaña y la excusa y saber qué tipo de soluciones aporta a la causa del entendimiento y de la superación de la situación enquistada en la que nos encontramos. Está claro que las dos opciones han de ceder parte de sus reivindicaciones, que no se puede seguir de la misma forma. Hace falta remedios imaginativos y reales, para que dentro de la Ley (con los cambios que sea preciso hacer), podamos seguir juntos en Cataluña y en España. Lo primero es restablecer el acuerdo entre los mismos catalanes. El Parlament es el lugar idóneo para que todos tengan voz y hay que vencer la tentación de privársela a la mitad del mismo. No olvidemos que los últimos meses de la confusa legislatura anterior permaneció cerrado por imperativo del Govern. Para empezar no sería malo encarar tranquilamente, la imposibilidad de investir a un fugitivo, porque de hacerlo así, comprobaríamos que algunos están dispuestos a seguir con la pesadilla y a continuar con el desequilibrio económico y social que ya han provocado. También los actores sociales, empresarios, sindicatos y organizaciones sociales en general, han de contribuir a restaurar el tejido social ya roto y maltrecho por las banderías enfrentadas. Y sería deseable acometer de una vez las reformas que necesita nuestro Estado autonómico, con escrupuloso respeto al principio de Igualdad entre todas las Comunidades, y no vernos otra vez en escenarios de esta naturaleza. Es difícil, pero es la hora de la política.