Bestia. Una palabra con arraigo en el patrimonio literario con el que crecimos. En unión con la candorosa Bella o al abrigo de la ferocidad mitológica nos la hemos untado en la piel hasta que la esencia de Moby Dick, el gato de Cheshire o los Balrogs de la saga del anillo han penetrado en nuestros poros más allá de la imaginación.

Bestia. Un sentimiento, un brote de locura en las literarias manos de Émile Zola y en la mirada de Jean Renoir corporeizada por el rudo Jean Gabin en la legendaria “Bestia Humana” con un sobrecogedor blanco y negro tiznado de alienada paranoia. Bestia. Exabrupto supremacista, xenófobo y aberrante con el que se tilda a los ciudadanos españoles por parte de quien ya gobierna en una de nuestras comunidades autónomas quizá ignorando que las muy variadas acepciones que la lengua oficial dispone para tal concepto se podrían aplicar a su propias expresiones.

Carroñeros, víboras, hienas, —calificativos llenos de cariño, de comprensión de otras posiciones, ideologías y sentimientos—, también se unen en el discurso del señor Torra para identificar a todos los que no piensan que la ruptura, la confrontación, el tumulto intencionado, el adoctrinamiento y el insulto son la moneda de cambio a insertar en la ranura de esa etérea república aparecida en las ensoñaciones, digamos monstruosas al estilo del grabado goyesco, de algunos que ni siquiera son mayoritarios en ese rincón que pretenden desgajar de nuestra rica historia.

Bestia. Cruel definición, por cuanto arrastra a gentes posiblemente bienintencionadas, que extiende el arisco barniz de la desconfianza, del odio, sobre un día a día cada vez más difícil de encajar en aspectos tan cruciales como la economía, la educación o el sentimiento europeo.

Lantier, en las páginas de Zola es un hombre marcado por el estigma hereditario de la locura que, solo es feliz mientras conduce su locomotora entre El Havre y París. Torra, en sus delirios, solo se interesa por la república y ninguna otra posición, idea o consigna le es propicia y le proporciona “felicidad” alguna.

¿Merecen los catalanes estar regidos por alguien así? ¿Lo merecemos el resto de españoles? ¿Hubiera accedido al cargo el señor Torra en cualquier país de nuestro entorno con semejante bagaje intransigente? ¿Hubieran quedado sus afirmaciones sin respuesta?

Vergüenza no es una palabra que los españoles hemos eliminado de nuestro vocabulario. Al contrario. Es lo que nos inunda cuando vemos hasta qué punto de degradación se ha llegado en aras de postulados que, como afirma “The New York Times” denotan formas de pensar cercanas a los movimientos filofascistas de los años treinta. Quizá hay ciento cincuenta y cinco razones para volver a la sensatez.