Que la Monarquía de España goza de muy buena salud, es más que evidente, a tenor —sin ir más lejos— del efusivo y cálido recibimiento que tuvieron los Reyes de España el pasado día 19 de julio, en nuestra provincia, concretamente en el histórico pueblo de Bailén al que asistieron para conmemorar la derrota del ejército napoleónico en la Gran Batalla que tuvo lugar en este mismo lugar, paridor, a su vez, de hijos ilustres, como mi buen amigo Francisco Linares Lucena, que tuvo el privilegio de fotografiarse con la Reina Letizia y ella, a su vez, lo tuvo por posar con tan destacado poeta jiennense, gran escritor y admirado profesor. Don Felipe estuvo en su sitio: correcto, simpático, amable y con esa sonrisa que le hace valedor de persona cercana y noble, nobleza más vinculada a la tercera acepción del DRAE que a la segunda, toda vez que esta última se nos hace más que evidente por su posición regia. La Reina estuvo a la altura. Se detuvo a saludar a los vecinos más próximos, fue cercana y se mostró agradable. Por supuesto, soy monárquico, si bien también soy crítico, cuando debo serlo, indistintamente de la institución que se trate, conste en acta. Con todo, creo que nadie podrá negar el empaque de nuestros actuales Reyes y su papel de excelentes embajadores. El Rey Felipe VI ha otorgado un renovado aire a la Institución. Moderno y preparado intelectualmente, se ha sabido “meter en el bolsillo” al pueblo llano y creo que en su beneficio, si tenemos en cuenta los tiempos que corren en torno a la insana pretensión de desmembrar un país como España, bien es cierto que variopinto pero con una idiosincrasia común cada vez más alejada de la tauromaquia, las castañuelas y la “gitanilla” que se solía colocar encima del televisor de la abuela con un encaje de ganchillo. España, afortunadamente —o no—, ya es otra cosa pero, desde mi punto de vista, sigue unificada gracias a la figura del Rey. ¿Cuánto nos durará la Monarquía? Espero que mucho tiempo pues su símbolo, insisto, es unificador, y si desapareciera algún día, sería el pistoletazo de salida para que nuevas fronteras hicieran de nuestra “Madre Patria” un lugar de moderna nomenclatura autonómica, si no, tiempo al tiempo.