Al servicio del mercado más cruento y avaro de la humanidad se pliegan todos los gobiernos democráticamente elegidos por los ciudadanos. Sobre los colores de las distintas banderas que ondean en el mundo, el color del dinero dirige el viento que las mueve a un mismo destino. Cuántas veces hemos visto al ganador de unas elecciones generales, autonómicas o locales; rectificar, enmendar y hasta romper los ideales y las promesas escritas en sus programas electorales. Así, desde que en los ochenta del siglo pasado, se impuso la máxima neo-conservadora que obligaba a hacer a los estados tan pequeños, que fuera fácil ahogarlos en una bañera. La carrera hacia arriba de los beneficios de las grandes corporaciones implica la obligación de privatizar servicios públicos y recortar libertades. En palabras de un ministro italiano, hablando del derrumbe del viaducto en Génova: “La deuda y las exigencias de los mercados nos dejan sin un euro para resolver o prevenir estas catástrofes”. En definitiva tiene que perder la vida mucha gente, para que otra gente gane dinero. La Europa del XXI, sigue siendo medieval.