Esta semana se ha rememorado la victoria de los españoles a las tropas francesas de Napoleón en la ciudad de Bailén en 1808, hace ahora 210 años. Se libraba la guerra de la independencia española y fue la primera victoria sobre un ejército napoleónico en campo abierto. Los galos, con el general Dupont al frente, contaban con 21.000 soldados y se enfrentaron al ejército español, más numeroso, con unos 27.000 hombres a las órdenes del General Castaños. Durante las semanas previas se llevó a cabo un reclutamiento masivo por las diferentes ciudades andaluzas al objeto de cortar el paso a los franceses por Sierra Morena. Procedentes del campo de Gibraltar, Granada y Jaén se alistaron miles de voluntarios en lo que se llamó el “Ejército Andaluz”. España y su monarquía estaban amenazadas por los franceses y fue en Andalucía —Bailén y Cádiz— donde se puso fin a las aspiraciones imperialistas de Napoleón y donde se dotó de vitalidad a la monarquía española cuando en el resto de los países europeos respiraban aires de revolución republicana. La victoria supuso uno de los episodios más heroicos del ejército español y fue decisiva la cercanía de la batalla a la ciudad de Bailén. El apoyo popular a las tropas españolas resultó clave. La ayuda más importante fue, sin duda, el suministro de agua para los soldados en un día que, ya pueden imaginar, la canícula del mes de julio abrasaba el valle del Guadalquivir. De ahí, el recuerdo a María Bellido, una vecina que ofreció agua al General Reding, y cuya imagen, con un cántaro agujereado en la cintura, forma parte del escudo de la ciudad de Bailén. Si los alemanes cayeron en Rusia por el duro clima siberiano, en Jaén los franceses se rindieron por un fuego abrasador que no sólo procedía de los cañones. Al frente, andaluces de piel dura y morena, aclimatados en los campos e impulsados por no permitir más soberanía que la que posteriormente se reflejaría en la Constitución de la Pepa. Tierras de olivos y de batallas, donde ochocientos años atrás el imperio islámico dejaba paso a la hegemonía cristiana en la Península Ibérica. Este año, ha asistido a las celebraciones de la batalla, como lo hizo Isabel II en 1862, el Rey Felipe VI. Une a esta tierra de batallas un idilio especial con la monarquía. Es cierto que cada vez más cobra fuerza el debate que cuestiona la figura de un jefe de Estado con méritos sucesorios. No hace ni diez años que una votación habría proclamado por encima de la figura de un rey, la del propio Juan Carlos I. La mayor parte de la ciudadanía se declaraban “juancarlistas” más que monárquica, eludiendo un debate innecesario sobre la república. El apoyo fue popular después de su contribución a la consolidación de la democracia tras el golpe de estado de Tejero. Siempre se le agradeció al Borbón su lealtad al pueblo español oponiéndose a un retroceso a tiempos grises. Sin embargo, en la actualidad, son muchos los focos de atención sobre la figura del rey emérito por diferentes conflictos generados. El último, la sospecha de haberse acogido a la amnistía fiscal que legalizaba operaciones fraudulentas, en un momento, 2012, que ya calificamos de medida injusta y necesaria. La figura del yerno o cuñado en prisión, también por delito fiscal, con la sospecha del visto bueno de la casa real, no ayuda al actual monarca. En Europa apenas reinan diez familias reales. Gran Bretaña, Dinamarca, Noruega, Suecia o Países Bajos no podrán ser tachadas de sociedades poco avanzadas. En España, el Rey es el Jefe de Estado, posee el mando de las fuerzas armadas y es una representación muy valorada en el resto de los países. Desde Jaén, tierra de batallas y capital del santo Reino, agradecemos su visita y le deseamos fortuna en su labor como árbitro de las instituciones y símbolo de la unidad de España. En la medida en que contribuya a ello, no le faltará un cántaro de agua fresquita.