Me pregunto si algún día Jaén podrá levantar la cabeza, si algún día dejarán que la levante, si algún día dejará de ser “la falsa moneda que de mano en mano va y ninguno se la queda”. La ciudad del Santo Reino, la del eterno mar de olivos, esa que se corona como la capital mundial del aceite de oliva, esa “que llora y llora por los rincones”. La del cruce de caminos y culturas, la de Cástulo y la de las fortalezas y castillos. La ciudad de los 5.000 años. Me pregunto si llegará alguien que de verdad quiera a esta ciudad y la ponga en pie, que sea capaz de borrar las incoherentes vías de la desidia, de los intereses cruzados y la falta de ganas. Alguien que aguante el calor del infierno y no huya por la puerta de atrás en busca de laureles más inmediatos, que de esos también conocemos. Alguien que la abrace y la llore, y se quede, por aquello de llegar llorando e irse llorando. Alguien que sepa que los sueños también caben para los que “nacimos cuesta arriba” y que sí, que soñamos con Atlántidas porque es una forma bonita de seguir manteniendo a nuestra ciudad viva.