En mis inicios profesionales, conocí un entrañable barrio de la capital, San Juan, y quedé marcado por su entorno y por su gente. Quedan pocos días para que la Torre del Concejo vuelva a ser testigo fiel de la salida de una cofradía que, hace poco tiempo, tocó mi corazón, despertando en mi interior sentimientos que andaban dormidos. No he sido nunca cofrade, aunque religioso y “practicante”, según el color del cristal con que se mire. El destino hizo que tuviese la suerte de tener durante unos meses, en casa un visitante, el “mejor de los humanos”. Venía a curarse de ciertas heridas que una certera mano cercana restañó con maestría. Pero “Él” me devolvió el favor, curando las que yo tenía en lo profundo de mi ser y lo hizo con el ejemplo de ese grupo de jóvenes que conforma una Congregación, el Santo Sepulcro, ejemplo de humildad, esfuerzo, sacrificio, devoción y cariño. Les admiro por los tremendos esfuerzos que están realizando para sacar adelante una cofradía con muchas dificultades y lo hacen en silencio y con trabajo permanente y constante. Su mejor activo, la juventud y el tesón, porque ambos serán la garantía para afrontar el mejor de los futuros. Gracias por vuestro ejemplo y por acoger a este pecador como uno más de vosotros. Ese es mi cristianismo, el vuestro.