Es obvio que los motores del hombre están dirigidos a la incesante búsqueda de la felicidad. La felicidad, y no aportamos nada nuevo, cada uno la busca como o donde considera. Hace un tiempo, cuando todavía nuestro Padre Dios vivía en la mayoría de los corazones de los hombres, el hombre era feliz, porque el hombre fue creado por Dios para ser feliz. Hoy, desgraciadamente, borrado casi del todo de nuestra memoria ese buen Padre Dios, nos dedicamos a buscar la felicidad en los bienes materiales y en los placeres inmediatos, sin darnos cuenta, o sí, de que nuestra inteligencia ha cegado nuestro espíritu, hasta el punto de negarlo; sin darnos cuenta, o sí, de que ni los bienes materiales ni los placeres tienen hartura, que no satisfacen sino momentáneamente, que generan más y más deseo de tener y, así, más y más ansiedad, quebrantándonos la paz interior. Creo que esa paz interior se consigue mirando al cielo con fe, tranquilos siempre aceptando lo que ocurre cada día, y confiando en que Dios es Todopoderoso y su apellido es Esperanza. ¿Por qué no recordamos cuando vivíamos con Él?