Soy fan del sentido común, aunque ciertamente sea el menos común de los sentidos. Me gusta el término medio, pues como decía mi madre: Una cosa, en un buen medio, a todo el mundo le está bien. Quizá sea por esto por lo que vea asombrosamente ridículo el espectáculo en que hemos convertido algunas primeras comuniones. Por supuesto que estaremos encantados de tratar con todo el esmero a nuestros amigos y familiares. Ni qué decir tiene que procuraremos que nuestros hijos disfruten al máximo de una celebración tan especial. En lo que no debemos caer es en la ridiculez, desde mi punto de vista, de convertir las primeras comuniones en poco menos que en bodas. Ya celebramos precomuniones, ya llegan los celebrantes en limusinas, ya solo faltan la poscomunión y el viaje al Caribe. Hay que hacer de este día el más grande, pero también debemos procurar que no se quede todo en lo material. O puede ser que la celebración sea tan grande porque celebremos la primera comunión y la última. Tristemente hemos olvidado que lo más importante son los valores que podemos inculcar en muchos momentos de la vida y que no aprovechamos.