Hace pocos días estuve en la sierra, en uno de mis pueblos, y miren por dónde me enteré de cosas —de antes, de durante y de después— de la guerra que nunca me habían contado. Historias con nombres y apellidos que, siguiendo con el espíritu de reconciliación que me inculcaron, y el respeto debido a los familiares, no voy a sacar aquí. Historias horribles de hasta donde es capaz de llegar la crueldad del ser humano justificándose en las ideologías. Y tengo la ligera sospecha de que esto de desenterrar a Franco va a llevar aparejado que se destapen también otras losas y que a alguno se les pueda volver en contra la cosa. Porque la historia no es como uno la quiere contar sino como fue. Y hasta donde uno llega sabe que para conocer el franquismo hay primero que saber lo que pasó en la guerra; que para saber lo que pasó en la guerra hay que saber lo que pasó en la república, y que para saber porqué llegó la república hay que saber las cosas que pasaban en la monarquía. Y así hasta donde queramos, porque la historia no se puede empezar a contar desde donde uno quiere o a otro le interesa. Historias de la guerra puede haber, no una, sino varias, en cada casa y en cada familia. Me contaba mi padre como por la noche, en el frente, escuchaban las conversaciones cruzadas de un lado al otro de la trinchera preguntando los unos a los otros por sus padres y sus hermanos. La misma imagen la he vuelto a encontrar releyendo “A sangre y fuego”, del olvidado —por ecuánime— Chaves Nogales, cuyo prólogo dice Pérez Reverte, con razón, que debería ser obligatorio leer en las escuelas. Para conservar una memoria sana hay que evitar la amnesia selectiva de acordarnos sólo de lo que nos interesa. Últimamente abunda también otro tipo de amnesia que los siquiatras llaman “de fijación”, y que permite acordarnos de lo remoto pero olvidando lo más reciente. Que se lo pregunten a las víctimas del terrorismo. Es algo así como un olvido a medida. En eso tiene que ver mucho el quién y el cómo te cuente la faena. Y si es por televisión dependerá de la cadena. Yo no estuve en la guerra, pero me la contó mi padre al que se llevaron con 17 años, y me vale. Tampoco vi torear a Rafael El Gallo, pero me enteré de cómo lo hacía una tarde del Corpus de 1973 en la andanada del tendido doce. Un viejo aficionado granadino, al que tuve que ayudar a subir los escalones, me lo contó. La andanada de sol era la entrada más barata donde coincidíamos estudiantes tiesos con parados y jubilados, y aquella tarde pudimos vivir, juntos, una faena histórica —de las que no se olvidan—, de otro mítico torero, Curro Romero. “Se pararon los relojes en Granada”, tituló su crónica el malogrado Vicente Zabala. Cómo sería la cosa que gente que no había estado en la plaza me la quería contar. Pues mire usted, no. Que nadie nos venga a contar faenas que no vio. Y mucho menos si es para dividirnos más de lo que en alguna parte de España lo estamos ya. Lo de menos es desenterrar a los muertos porque muertos están. Lo que no se puede es cambiar la historia ni reabrir heridas a medio cicatrizar. Miles de estatuas de Franco desaparecieron de toda España al mismo tiempo que Carrillo y la Pasionaria se sentaban en el Congreso. Cuarenta años hace de eso ya. Por eso uno se pregunta... de verdad, de verdad, con la que está cayendo en España, ¿esto de qué va?