Con la llegada de la democracia que cerraba los grises años de ostracismo de la autarquía franquista y pasaba página del “España es diferente”, con el que nos distinguían o nos distinguíamos, con o sin ironía, y nos abría puertas al mundo, Europa siempre fue nuestra meta, un espejo en el que mirarnos y hacia donde avanzar. Y llegamos deseosos a ella y con el complejo del advenedizo que se incorpora tarde al selecto club. Y así nos hemos comportado hasta ahora, mirando siempre de reojo por ver la reacción europea a nuestras acciones, como si tuviéramos que demostrar a cada paso la calidad de nuestra democracia, y esperando mucho más de lo que cabía esperar de ese proyecto que es Europa. Porque Europa no deja de ser eso, el euro y un proyecto siempre tambaleante, y ahora en retroceso; una entelequia, lamentablemente. Así se ha demostrado con las recientes decisiones de tribunales menores belgas y alemanes cuestionando la euroorden cursada por el Supremo de España contra los políticos golpistas catalanes. ¿Cómo es posible? Si no es rebelión saltarse la Constitución y todos los requerimientos judiciales en pos de una independencia, ¿qué es? En cualquier caso, hubiera bastado con decir que ese delito no está tipificado en su código penal. De sufrirlo en propia carne, tal vez sería diferente. Aquí sí.

Las decisiones judiciales se respetan, pero no tienen por qué compartirse. Y el Gobierno, en vez de quedarse solo en lo primero, debería haber expresado claramente su rechazo ante las autoridades europeas, uniéndose a la respuesta del juez Llarena. La Unión Europea está por hacer y, con ella, una tipificación europea de delitos de esta naturaleza. Mientras tanto, nos parece correcta la decisión del juez de retirar la euroorden para que si alguna vez regresan a España estos individuos puedan ser juzgados como se merecen. Y por supuesto, tomar decisiones sin rubor ni complejos, como la aplicación del 155, en defensa de nuestro sistema constitucional sin necesidad de que se llegue al delito previamente anunciado.