La casa de don Buenaventura se llena de estorninos. Los pájaros van de ruta hasta el Parque de la Alameda donde pernoctan. Es un verse el tejado negro y un llenarse el aire de graznidos. Esto incomoda mucho a la señora de don Buenaventura. El hijo parpadea y se queda con la boca abierta. ¿Le habrá dado un aire al niño? No es nada, diagnostica el médico, don Roque. Don Roque echa la partida de dominó en el Casino de Artesanos, fundado por un sastre sobre terrenos que fueron del Condestable Iranzo, huido de Enrique IV de Trastamara, que no consumó con Blanca de Navarra y es dudoso que lo hiciera con la hermosa portuguesa. Tu hijo es así, Buenaventura. La cosa de los córvidos se arregló echando mano de la paralela del doce con cartuchos de fogueo. No sale usted al pájaro y la escopeta se oxida, don Buenaventura. El Guardia de Intervención —bigote del Cuerpo, gruesas antiparras a la punta de la nariz— es aficionado al cuco. Le apena que don Buenaventura no mande limpiar el arma y darle grasa. Al primer tiro los estorninos arrancan vuelo llevados por el diablo.