La Unión Europea ha dejado de ser una comunidad de pertenencia para afianzarse como una comunidad de intereses. El mercado único ha cedido a respuestas sectoriales-nacionales que, lejos de resolver los problemas económicos y humanitarios, ha originado un enfoque egoísta. Tal es así que los refugiados son tratados como mercancías, no son sujetos de derechos y nuestro miedo al pobre, al margen de su religión o ideología, los lleva a campos de concentración. El fantasma del terrorismo nos trae de vuelta al viejo patrón de la soberanía nacional: el militarismo y la intervención armada se justifican, permitiendo el auge de la extrema derecha. Como pueblo estamos impasibles sin exigir un cambio, mientras la OTAN ha optado por un “caos controlado” que supone ataques indiscriminados a la población civil. Algún día los refugiados recobrarán su dignidad, pero mientras tanto, debemos luchar por su derecho a la vida evitando la fragmentación social. No podemos mirar a otro lado ya que, en palabras del premio nobel de la paz James Orbinski: “No estamos seguros de que la palabra siempre salve vidas, pero sí sabemos que el silencio mata”.