España no se la juega con el brexit o el órdago catalán, menos aún con el déficit público o la balanza de pagos, ni tan siquiera con el presupuesto en sanidad o el retraso en la justicia. España se la juega en la educación. Es esta la clave de cualquier país. Solo hay que analizar la evolución, desde sus respectivas postguerras, de naciones como Alemania, Corea del Sur o Finlandia. Da igual las riquezas naturales que posea o lo bondadoso de su clima, lo que importa es el nivel formativo de su población y que el único ascensor social que existe esté lo suficientemente engrasado para que el futuro de todos sus habitantes dependa, exclusivamente, de su valía y esfuerzo.

Vivimos un momento clave. La totalidad de los partidos políticos reconoce que las leyes educativas son un desastre o, como mínimo, ampliamente mejorables. También admiten, los partidos de ámbito estatal, que es necesario un amplio consenso parlamentario para que la futura ley pueda durar, al menos, dos generaciones. Se trata, sin duda, del acuerdo más importante a alcanzar desde la transición, es decir, una pieza de caza mayor que tanto gobierno como oposición querrán lucir como trofeo. El primer ejemplo ha sido el MIR del profesorado, una buena idea en la que parecía existir consenso, pero que ha tardado poco en ser fuente de disputa, olvidando la imperiosa necesidad de mejorar la incorporación y el prestigio de los docentes. La tentación es grande, por parte del Gobierno, para que sea su nombre el que encabece una ley tan transcendental, medalla que la oposición intentará evitar que sea exhibido en las vitrinas del PP. Sé que la vanidad, la envidia y el juego político tendrán una importancia capital en la posibilidad de que dicho acuerdo se fragüe, pero aunque solo sea en esta ocasión nuestro políticos debieran de vertebrar sus decisiones en base al bien común y la generosidad, olvidando el rédito personal y utilizando las luces largas al imaginar qué país quieren dentro de 50 años. Da igual el que fabulen, todos pasarán por privilegiar la educación.