Un nuevo caso de presunto acoso escolar, bueno, presunto acoso, presunta agresión sexual... y todo en nuestra provincia, en Jaén, en una localidad de la comarca de la Sierra de Cazorla, vamos a llamarle también “presunta”. Desayunamos hace unas pocas semanas con esta lamentable y vergonzosa noticia. Un niño, víctima de otros chavales, más allá de insultos e improperios, tras una exploración en el Hospital San Juan de la Cruz de Úbeda, el facultativo declaraba que el menor había sido víctima de una —también, presunta—violación. Como docente que es, quien esto escribe, se lleva la mano a la cabeza y dibuja, horrorizado, una mueca de desprecio sobre la faz “conferida” porque, ¿qué está pasando en nuestra sociedad?, ¿qué nos falla y nos lleva a tal pérdida de valores?, ¿qué medidas, drásticas, se pueden tomar contra menores que llevan a cabo semejante aberración contra otro pequeño que, seguramente, quedará señalado psicológicamente para el resto de sus días? Creo que entre esos doce y catorce años una persona puede discernir entre lo que está bien y lo que difiere de unas normas cívicas, éticas y morales acordes con su sociedad, no sé si inculcadas de manera saludable en el seno de sus familias respectivas, que espero que sí, porque Dios me libre, encima, de ponerme en el pellejo de sus progenitores en semejante situación de abominación humana. Es verdad, los mayores, una vez más, jugamos la “precaria baza” de la dejación de obligaciones, no encuentro otra manera más práctica, sutil y elegante de designar semejantes actitudes que deberían mamar en sus casas y desde el primer minuto de vida. Primero los padres y madres, luego el profesorado, alumnado ayudante, instituciones y medios de comunicación, todo el mundo en perpetua lucha para que esto no se dé más, para que las medidas contra adolescentes se endurezcan, que sepan que no pueden meterse con otros compañeros, ni otras compañeras, porque sean diferentes a ellos, porque tengan un color de pelo determinado o porque opten, desde su libertad, por una sexualidad que no sea la que “acepte” el entorno. ¡Basta ya!, pero, ¡basta ya, de verdad! ¡En ello va nuestra parcela de responsabilidad!