Siempre ha habido relación entre música y religión. En el siglo X, el abad Odón de Cluny escribe un método con el que los monjes consiguen cantar a primera vista lo escrito en música. Según un teórico de la época: “Un cantante que ignore la teoría, es como un borracho, quien, si bien puede hallar el camino a su hogar, desconoce por completo la forma en que lo ha hecho”. Desde el siglo XVI, las Catedrales de España albergan las “capillas de música”. A ellas solo accedían los hombres, a las mujeres no se les permitía ya que tomaban al pie de la letra la primera epístola de S. Pablo a los Coríntios: “Mulier taceat in ecclesia”, “vuestras mujeres callen en las congregaciones”. Esto que suena horrible, hay que colocarlo en su contexto y época, porque no era lo que decía la Iglesia, sino las leyes hebreas y orientales. Entre estas voces se encontraban los Seises, que además de cantar realizaban las labores propias de los monaguillos. Como indica el musicólogo Sr Jiménez Caballé, “En la Catedral de Jaén, durante el siglo XVI, solo se habla de Mozos de Coro, y cuando posteriormente aparecen los Seises, no se hace distinción alguna”. Estos niños, tras superar las pruebas de ingreso, quedaban a cargo del maestro de capilla, que se encargaba de darles formación musical, por lo que las Catedrales se convertían en conservatorios. Cuando se hacían adultos, se les despedía no sin antes darle una cantidad de dinero para que pudiesen continuar fuera sus estudios musicales.