Ella es una chica de dieciséis años, le gustan las faldas cortas y tiene la sonrisa fácil, como sus amigas. Viven despreocupadas de las “manadas” que las puedan acechar, tan solo quieren divertirse, sin hacer daño a nadie. No piensan en miradas sucias ni en mentes obscenas. A mí me cuesta decirle que tenga cuidado, que el lobo está al acecho; que no todo el mundo es bueno. Me cuesta porque en estas palabras reconozco la voz de mi madre, treinta años atrás, cuando me obligaba a quitarme la minifalda antes de salir a la discoteca. Han pasado tres décadas y las mujeres seguimos viviendo los mismos miedos, como si nuestra forma de vestir fuera la responsable de la acción criminal de unos hombres que, más que hombres, son bestias. Entonces salíamos de la oscuridad de una dictadura, de tiempos de restricciones y educación machista. ¿Qué excusa tenemos ahora? La Manada anda suelta, aunque algunos aún tengan causas pendientes con la justicia y otro trate de sacar el pasaporte. Están condenados, es cierto, pero su libertad provisional es la cárcel de muchas víctimas, que ven como se ningunean ciertos delitos. ¡Ni que fueran de segunda clase!