Sé que pensáis que solo soy un olvidado “monstruo” mecánico olvidado y cubierto de polvo, como dijo el poeta, en un rincón oscuro de Vaciacostales. Un esqueleto vacío sin el rumor del pasajero que llega tarde a una cita con su médico; del estudiante que repasa mentalmente su próximo examen; de quien carga con bolsas del supermercado y riega el ambiente con su afrutado aroma; de los chavalillos que alborotan sin hacer caso a la súplica materna.

Me veis sin alma pero os equivocáis. Hace apenas horas, por ejemplo, me sobresalté en mis casi oxidados y estáticos raíles al saber que quien ocupa la alcaldía cree que mi red debería ampliarse por lo que llamáis “Gran Eje” y, quién sabe, si alcanzar a los pueblos cercanos para formar una excelente red de cercanías. He perdido ya la cuenta del tiempo que llevo aquí encerrado, reo de delitos que nunca cometí, abocado a la inanición por culpa de malestares, desentendidos y trifulcas político económicas, pero no he olvidado mis días de gloria. Aquellos en que viajaba orgulloso con mi campanilla en ristre llevando y trayendo viajeros asombrados de mi rapidez, mi silenciosa marcha y mi buena amistad con el medio ambiente.

Recuerdo también a la niña que ganó el concurso para decorarme con aquel lagarto “jaenero” como dicen algunos. O a los alumnos de los colegios que quisieron conocerme y pasear conmigo alegrando mi metálico corazoncito. Mi retina de cristal me retrotrae a aquel 3 de mayo de 2011 de hace, justamente ahora, siete años en que empecé mi breve y aciaga andadura y el limpiaparabrisas, que ya chirría por falta de uso, tiene que aventar una acuosa lágrima que me brota inevitablemente al recordarlo. No puedo dejarme tampoco en el tintero de la nostalgia a mis admirables conductores, esos que hicieron cursillos especiales para mimarme en cada recorrido y que acabaron sin poder realizar su trabajo dejándome huérfano, no solo de pasajeros, sino también de personal. Me dejaron también los vigilantes, o eso escuché envuelto en la desazón de saberme desdeñado, arrinconado en la vorágine del tira y afloja político.

En realidad procuro no inquietarme con las noticias que me llegan. Intento seguir descansando este sueño injusto en que me veo sumido pero algo dentro de mí me lo impide. Quiero salir a encontrarme con los jiennenses y llevarlos en volandas de la Universidad al Centro, de la Estación al Hospital. Quiero renacer y que aquellos únicos diecisiete días en que me sentí vivo vuelvan a repetirse pero esta vez sin zancadillas ni recursos bien o malintencionados. Quiero que al oír “Tranvía de Jaén” nadie tuerza el gesto ni frunza el ceño. Quiero que compartáis mi alegría, amigos y amigas jiennenses. Subid. Empieza el viaje.