Los colaboradores de este periódico intentamos conectar con los problemas e inquietudes de la gente, que nuestros escritos reflejen, en alguna medida, aquello que ilusiona, preocupa o atosiga a los lectores de estas páginas. Pero un servidor, al menos, tiene claro que no solo de pan vive el hombre. Sé que hoy podría, debería tal vez, escribir sobre el giro positivo en la tortuosa, surrealista historia del tranvía, del puedo y no quiero. También me consta que a muchos jiennenses les cae como una bofetada un dato recientemente publicado: Nuestra provincia es la que ofrece los precios más baratos de España en las viviendas de segunda mano. Bueno para los compradores, desde luego, pésimo para quienes necesitan vender su propiedad, para los herederos familiares, para las perspectivas de futuro. Vamos, que la marca Jaén Inmobiliaria se devalúa por momentos. Otros, en fin, más pegados a lo gastronómico, se inclinan por el espectacular concurso gourmet en torno a nuestro aceite de oliva virgen, por el ascenso meteórico de algunos de nuestros cocineros —Taberna de Miguel en Bailén— ante ese aluvión de nombres de platos cargados de imaginación para cantar las excelencias de nuestro oro verde. Pero hoy prefiero irme, con el despertar de la primavera, hacia un territorio menos de moda, en crisis abierta y declarada, habitualmente invisible. Durante la mayor parte del año apenas nos ocupamos de los libros, un bien en plena decadencia al que debemos tanto los nacidos en el siglo XX. Nuestra infancia y adolescencia sin libros habría sido un existir estúpido y sin sentido. La caricia de las páginas dulces y flexibles de un libro anticipaba lo único verdaderamente superior, el morbo de la piel amada.

Leer el “Decamerón” a los 14, “El Quijote” a los 15, “Crimen y castigo” a los 16, “Madame Bovary” a los 17; te situaba en un Olimpo indescriptible. Porque vivías una vida que, sin ser la tuya propia, formaba parte de ti. Porque los desvaríos de don Quijote, los crímenes de Raskólnikov, el sexo conventual de Masetto o la sensualidad desbordante de Emma Bovary te alegraban la vida, te hacían dudar sobre el bien y el mal, eran capaces de inspirar tus primeros escarceos sexuales. Como si aquella habitación pobre y austera, refugio de tus lecturas, ampliara sus límites por arte de magia, y allí tuvieran cabida las nieves de Moscú, los molinos manchegos, el bosque atlántico de suelo acolchado para el amor adúltero, la superiora y sus monjas sacándole brillo a los atributos del jardinero. Todas las fantasías y elucubraciones cabían en media docena de títulos privilegiados. Al carecer de la potencia visual de las imágenes, el cerebro entraba en erupción al contacto con aquel inmenso tesoro.

Y uno podía ser cojo —por la poliomielitis—, nada apto para el fútbol, torpe con la vara y el mocho, eterno perdedor en las cuatro esquinas, y, sin embargo. sentirse inmensamente feliz al compartir sus días y sus noches con aquellas criaturas que construían, palabra a palabra, el mayor de los vicios, el pecado adolescente por excelencia —además del innombrable—, el vicio de leer. “Soy un vicioso” equivalía en aquel entonces a “leo por puro placer”. En esas estaba, en esas sigue mi vida, compartiendo el noble vicio de la lectura con la pasión por el cine y el teatro, drogas tan poderosas como un libro entre las manos. Y toda esta evocación se arrebató en mi cabeza escuchado días atrás a Alberto Conejero su confesión de niño disléxico, salvado por amor de las lecturas en su hogar. Su pregón de la Feria del Libro en Jaén, pura poesía comprometida, merece ser estampado, correr por las bibliotecas de la provincia. Porque desde ese discurso, militante en defensa de las mujeres, de mujeres de Jaén, podemos iniciar un camino que nos conduzca a mi ilustrada paisana de Begíjar Patrocinio Biedma, a la políglota linarense Charlotte Remfry, a la editora María de Montoya, a la cultísima ubetense Regina de Lamo; merecedoras de ser conocidas, reconocidas y reivindicadas. Porque con ellas, y con muchos millares más, confieso y comparto uno de mis mayores y gozosos vicios: La lectura.