El pintor es un hombre demorado, fumaba caliqueños, bebe su orujo, lleva vida sana, tiene su estudio en una casa con jardín a la que le han salido esta semana goteras. El pintor visita a la sibila cuando desea atemperar su marcha, evitar al donnadie culto, matar cualquier remordimiento o volverlo anodino. De parte de la vida, no le pierde el pintor la cara a lo popular donde lo educara su padre: abdicó de cualquier solemnidad para reconquistar las cosas: hortalizas, frascas, membrillos, vasos con agua sucia, un trozo de pan duro, platos desportillados, una oliva de cuatro patas, sillas de merendero junto al río, una botella de vino barato, color verde, granadas como pechos de mujer. Ha visto el pintor estos días, aristocrático o realista, que a los cerros bajaban nubes negras su niebla, ráfagas de luz húmeda, tormentas de alfileres, la sombra de los lirios ateridos de frío, la veleta oxidada, a las grajas en celo ponerse de rodillas ante el fango de mayo. En medio de este barullazo de sentencias, comunicados de exmatones y otras patrioterías panhispánicas, hoy hay que ponerse esquemático para escribir una columna con fulgor de bengala o transparencia. José Rodríguez Gabucio: alegría, amistad, sabiduría, pintura del color de un cántico.