Recuerdo una vez —tendría cinco años— que entré a la casa y allí, en el comedor, mi padre llegaba del trabajo en ese momento, antes que yo, y vi a mi padre y a mi madre que se daban un beso. Nunca lo olvido. Qué hermoso. Él estaba cansado del trabajo, pero tuvo fuerzas para manifestar su amor a su mujer. Que vuestros hijos os vean así, que os acariciéis, os deis besos, os abracéis; esto es muy hermoso, porque aprenden así este dialecto del amor, y la fe, es este dialecto del amor”. Estas frases son parte del discurso del papa Francisco en la procatedral de Santa María, en Dublín, en el marco del Encuentro Mundial de las Familias allí celebrado en estos últimos días. Quienes han estado allí han palpado el amor y la unidad de una iglesia universal, como una gran familia en la que todos tenemos cabida. Si tuviera que contar mi experiencia de familia cristiana sería muy largo de escribir. Al igual que el papa, hago referencia a un dicho español para señalar el camino del matrimonio: “dolor compartido es medio dolor, alegría compartida es doble alegría”. Vivimos en una cultura que descarta todo lo que no sirve y molesta, y para muchos, casarse, tener hijos, formar una familia es algo anticuado que causa más problemas que alegrías. Mi testimonio es todo lo contrario; el matrimonio y la familia son más necesarios que nunca. Si no fuera por mi mujer, mis hijos, mis padres, mi familia, yo no sería el mismo. Mi familia me ayuda a crecer y a descubrir la belleza que sin ellos sería imposible disfrutar. A pesar de las dificultades, limitaciones y errores, puedo decir que el Señor me ha bendecido con mi familia y que merece la pena seguir con ellos el resto de mis días. Las familias necesitamos aprender las tres palabras que el papa Francisco dice para que reine la paz y superar dificultades: “permiso”, “gracias” y “perdón”. Si conseguimos que estas palabras formen parte de nuestro “dialecto” de amor, si somos capaces de cambiar miradas para descubrir la belleza que rodea a nuestra familia, seremos testigos de amor, al igual que lo fueron los padres del papa, y eso jamás se olvida.