La Navidad es un tiempo que, antes de nada, representa tradiciones que aportan estabilidad emocional a través de las relaciones que nos reafirman dentro de grupos sociales. Nos permite visionarnos como personas útiles que ocupamos un espacio social y un papel que jugar. Prueba de ello fue la llamada de mi amigo Bodi para tomar una cerveza el día de Navidad. ¿Dónde quedamos? Su respuesta fue “en el de toda la vida. Yo siempre echo gasolina en la misma gasolinera de siempre”. La de toda la vida, una opción que no requiere toma de decisión alguna, ni duda. De modo automático, sin análisis crítico, es la opción óptima por fácil, nada que pensar ni comparar. Socialmente, somos resistentes al cambio. Personas de costumbres.

Actuamos diariamente por condicionamiento. Reaccionamos sometidos a estímulos. La palabra Navidad nos induce a recrear emociones positivas hacia las personas con las que hemos construido nuestra identidad a través de grupos primarios, como la familia o personas amigas, en los que aprendimos las emociones, de ahí que relajemos la visión crítica. En la emoción no hay racionalidad. Comienza la excitación, las luces y la música marcan el ritmo del impulso por demostrar la confianza y el interés por el bienestar de la otra persona buscando un retorno de afecto que dé sentido de pertenencia al grupo y el rol a jugar. Buscar emociones que den fortaleza para interactuar con todas las personas.

Solo cambiamos cuando aparece la obsolescencia social programada. Un interés que optimiza nuestra conducta a modo de ingeniería social que induce nuestra toma de decisiones en lo cotidiano. Nuestra historia. Nuestra identidad. Un proceso impulsado por grupos de presión con intereses ideológicos y económicos que consideran amortizada la ganancia obtenida a través del consumo que realizamos y se plantean una nueva actividad para lograr mantener su margen de resultados, incluyendo los valores. Hay que mostrar y demostrar felicidad. Participando de esta dinámica generamos una gran presión social sobre todas las personas para percibir, mostrar y sentirse obligadas a ser felices. Emociones positivas, euforia que manifestar. No hay nada más duro que una Navidad sin razones objetivas para ser feliz. Las fiestas son fiestas si hay razones para felicitarse. Es difícil entender las razones de felicidad colectiva por un próspero año nuevo cuando se expresan expectativas depositadas en la suerte, suceso aleatorio e imprevisible, sin considerar indicadores reales al margen de las emociones primarias propias de un patrón social de conducta colectiva adolescente. Nos reafirmamos en vivir en la España “de toda la vida”como una persona menor mira una película, una y otra vez, sin cansarse de verla. No existe un proyecto colectivo para enfrentarse a la búsqueda de soluciones a las 961 muertes de mujeres los últimos 15 años, al 10,1% de los hogares afectados por pobreza energética, a las 1.229 violaciones de mujeres que se producen al año, al 22,3% de la población en situación de pobreza y exclusión social, a plantear el diálogo como modo de relación, a perder el miedo a establecer un marco de relación constitucional en el que todas las personas que forman parte del Estado perciban bienestar, se sientan protegidas, reconocidas y visibles. Habría que programar y ver más la película “Plácido” para entender qué es una Navidad de toda la vida.