Menuda habilidad ha tenido Albert Rivera al etiquetar de “cuponazo” la aprobación del nuevo contrato del estado central con la autonomía vasca! La postura del líder de Ciudadanos coge en bragas al resto de las formaciones políticas. Y existen dos formas de ver el asunto. Si miramos la aritmética parlamentaria en el Congreso de los Diputados, la aplastante mayoría aprobó las concesiones económicas a la comunidad más rica del país, con la sola oposición de Ciudadanos y de Compromís, extraños compañeros de cama. Pero si analizamos los discursos y la opinión mayoritaria en la sociedad española, por muy rotundo que haya sido el respaldo obtenido en la votación, lo cierto es que una parte importante de la ciudadanía ve con perplejidad la postura adoptada por populares, socialistas, podemitas, etcétera. Estamos ante una aparente contradicción: las tres fuerzas mayoritarias en el Congreso de los Diputados, cogidas a contrapié por el astuto líder de la derecha rampante.

¿La explicación de tamaño desajuste? Debemos buscarla en la historia reciente de nuestro país, más concretamente en el momento de la transición. Con ETA amenazando los débiles cimientos de la naciente democracia, era esencial para el nuevo régimen parlamentario contar con el beneplácito, o al menos la discreción, del nacionalismo vasco, el de Xavier Arzalluz y Carlos Garaicoechea. La Constitución del 78 tuvo que engrasar las ruedas a base de “untar” debidamente las reivindicaciones de Euskalerría, atrayendo a la derecha vasca hacia el bando constitucionalista, aplacando las reivindicaciones del independentismo, periódicamente recordadas por Arzalluz en cada Alberdi Eguna. Una de cal y otra de arena: discursos incendiarios en las campas de Salburúa, mano de hierro en la negociación de cada presupuesto con Madrid. Un juego a dos manos que dio excelentes resultados al PNV durante décadas.

Ese poderío invisible del nacionalismo vasco se reforzaba cada vez que el ganador de las elecciones generales en España carecía de mayoría absoluta. Y entonces tanto los soberanistas vascos como los catalanes exprimieron a fondo el limón de las concesiones económicas, reforzaron las transferencias, obtuvieron beneficios extra que, como era inevitable, provenían de una menor disponibilidad del estado central para atender las necesidades del resto de las comunidades autónomas, menos “históricas” que Euskadi, Catalunya y Nafarroa.

En este tira y afloja, en ese juego de “finezza” política entraron todos los líderes del gobierno nacional: Suárez, Calvo Sotelo, Felipe, Aznar, Zapatero... y, ahora, Rajoy. También se pringa la formación de Pablo Iglesias, temerosa de poner en riesgo sus excelentes resultados en Euskadi, donde ha absorbido buena parte del voto que fuera socialista. Por último, el nacionalismo catalán no puede oponerse a las excepcionales ventajas obtenidas por los vascos; al fin y al cabo, Puigdemont y Junqueras ahora, Pujol y Mas en el pasado, lo que reivindican para Catalunya es un tratamiento económico similar al que significa el dichoso cupo.

El proceso descrito crea malestar entre los líderes populares, especialmente en Galicia, Castilla-León y otras comunidades, agraviados por la diferencia de trato en relación con los territorios más desarrollados económica y socialmente. Parecida situación de desconcierto y rebeldía vive el socialismo en Andalucía, Extremadura o Valencia. Porque todos saben (las estadísticas cantan) dónde existe menor índice de paro, mayor cohesión social: en aquellos territorios que han negociado bilateralmente con los sucesivos ministros de hacienda. Ni el paisano Montoro se cree sus palabras cuando niega cualquier privilegio. Y Jaén ¿se ve afectado en algo por el cupo? Para que se llenen las arcas en Guipúzcoa o Vizcaya hay que regatear mucho lo que venga a las provincias más empobrecidas. La Y griega vasca proviene de nuestros trenes, esfumados o renqueantes. Y ahí el “cuponazo” vasco nos pilla de lleno a los jiennenses. Pero al revés, claro. ¡Menuda papeleta para los líderes populares y socialistas en nuestra tierra! Les hará falta mucha, muchísima pedagogía.