Cristina Cifuentes tiene un lejano parecido físico con Isabel Tocino, sobre todo en ese cuidado pelo rubio, aunque ambas son muy diferentes porque Isabel Tocino realizó su travesía política, a través de lo que Francisco Umbral llamó “la derechona”, sin brillo pero sin escándalos; y Cifuentes intentó imprimir al PP un aire nuevo, un perfil de modernidad barnizado de cierto toque intelectual porque se convirtió en una asidua de los estrenos teatrales madrileños, con una continua apelación a la honestidad. Pero ha terminado arrastrada por aguas fecales agarrada a dos botes de crema anti arrugas que no habían pasado por caja. Cristina Cifuentes convirtió su vida política en un “thriller” que ha acabado mal. “Estamos vivos de milagro”, escribió un día el tan citado Umbral, y Cifuentes lo sabe, porque en la primavera de 2013 tuvo un terrible accidente en una rotonda del Paseo de La Castellana de Madrid cuando conducía una moto; un siniestro que la mantuvo durante un mes en la UCI, luchando por su vida, con esa fuerza con la que las personas, aún inconscientes, se aferran al tronco de la existencia y, después de aquello, pese a algunas secuelas físicas y anímicas, Cifuentes prosiguió su carrera política, basada, entre otras cosas, en su poderío mediático, que tenía como destino final La Moncloa, previo paso por la Presidencia de la Comunidad de Madrid.

Pero en política, para el PP, Madrid es como aquella peligrosa California en la que un día tuvo que salir El Coyote para poner orden desde la poderosa imaginación literaria de José Mallorquí. Quizás, algún día, Cifuentes soñó con ser como El Coyote en mujer, pero transitaba por un mundo en el que Jorge Martínez Reverte habría advertido “Demasiado para Gálvez”. Porque desde su celda, Francisco Granados elaboraba para ella una canción sucia basada en aquel viejo estribillo: “Esposa de un gran señor, amante de un vividor”. Y cuando Mariano Rajoy ganó las elecciones generales de 2016 y algunos dirigentes políticos del PP se asomaron al balcón de la madrileña calle Génova para recibir los aplausos en aquella España que había estado con un Gobierno en funciones durante un año, se escuchó entre el personal que ondeaba banderas azules con una gaviota el grito entusiasta de “Cifuentes, Cifuentes”. Cristina Cifuentes ha destapado algún importante caso de corrupción, pero hay gente que de estos asuntos de presunto gangsterismo político de alta escuela se entera poco o nada, por más que lea los periódicos; pero todo el mundo rechaza el hurto de dos botes de crema de un supermercado en alguien obligado a la ejemplaridad. O se rechaza decididamente el turbio asunto de un máster con calificaciones presuntamente falsificadas, porque cualquier familia conoce la dificultad de alcanzar a financiar o de poder aprobar esos estudios. La mayoría de los corruptos se parapeta en la ingeniería económica que necesita de miles de folios elaborados por un juez para probarlos, pero Cifuentes ha incurrido en dos lances sucios que hieren la sensibilidad porque están en la epidermis aunque carezcan de la gravedad de un tumor escondido. Lo peor del caso Cifuentes es la decepción que a algunos ha causado una dirigente política que parecía ejemplar. El filósofo Emilio Lledó ha rechazado la Medalla de Oro que la Comunidad de Madrid le iba a otorgar el pasado dos de mayo. Con este argumento: “El indecente no puede gobernar el país, porque el indecente que tiene poder sobre los demás es terrible”.